Comentario Bíblico Misionero para este domingo
Prensa CEB 15.07.2026. La Pontificia Unión Misioneral propone para este XVI Domingo del Tiempo Ordinario una reflexión sobre la parábola del trigo y la cizaña, que invita a contemplar los misterios del Reino de Dios: el misterio del mal que actúa en el campo de Dios, la paciencia divina y el crecimiento silencioso del Reino en la historia. A partir del Evangelio de Mateo y en diálogo con las demás lecturas bíblicas, el comentario del P. Nguyen ayuda a los discípulos misioneros de hoy a leer la realidad con ojos de fe, reconociendo la presencia del Maligno pero, sobre todo, la primacía del amor fiel de Dios que acompaña y sostiene a su pueblo.
La reflexión subraya que la respuesta cristiana ante la coexistencia de trigo y cizaña no es la impaciencia ni la condena rápida, sino una paciencia activa, semejante a la del agricultor que cuida la tierra y confía en el fruto bueno, aprendiendo a discernir la voluntad de Dios en medio de las pruebas. A la luz del magisterio reciente y de las palabras del Papa Francisco, se anima a las comunidades a mirar más el bien que crece silenciosamente que el ruido del mal, creyendo en la fuerza del Reino que ya está germinando y dejando que la misericordia transforme las historias personales y comunitarias.
XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (AÑO A)
Sab 12,13.16-19; Sal 85; Rom 8,26-27; Mt 13,24-43
COMENTARIO
Los misterios del Reino de Dios en parábolas
Continuando la escucha de la enseñanza de Jesús en parábolas, que comenzamos la semana pasada, meditamos hoy sobre la parábola de la semilla y la cizaña. Se trata de un relato parabólico particular, que tiene en el mismo evangelio una explicación sobre el significado alegórico de cada detalle. Todo mira a introducir al discípulo en los tres misterios fundamentales del Reino de Dios, que se está realizando en Cristo Jesús: el misterio de la iniquidad, el la paciencia divina y el del crecimiento del Reino al final. Para comprender verdaderamente todo esto se necesitan aun hoy los oídos para escuchar, no solo atentamente, sino también sabiamente, teniendo la disposición de los “pequeños” delante de Dios para sorprendernos nuevamente con su mensaje para nuestra vida concreta en el presente como discípulos-misioneros de Cristo.
- «Un enemigo lo ha hecho». El misterio de la iniquidad en el campo de Dios
Hay que admirarse de la imagen del enemigo-sembrador de la cizaña en la parábola de Jesús. Esta narración es bella en la simplicidad de los detalles (una sola frase de descripción) y profunda en los significados teológicos y espirituales: «mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó». A diferencia del sembrador de la buena semilla, su enemigo actúa «mientras los hombres dormían», es decir, de noche, en las tinieblas. Además, este antagonista es aquel que, por usar una expresión proverbial vietnamita, ném đá giấu tor tay “tira la piedra y esconde la mano”. En efecto, «sembró cizaña en medio del trigo y se marchó ». Por tanto, los trabajadores del campo ignoran todo, pero el patrón de casa sabe y desenmascara todo con la autoridad de uno que juzga con conocimiento de causa: «Un enemigo lo ha hecho».
Todo esto deja entrever la realidad del mal que se opone a la acción del “Hijo del hombre”, Jesucristo, que siembra la buena semilla del evangelio en el campo del mundo. Esta realidad maligna es, la mayoría de las veces, misteriosa, incomprensible desde el punto de vista humano: ¿cómo es que sucedió esto y lo otro? ¿Por qué tanto mal gratuito que escuchamos cada vez más en las noticias de cada día? Hay tragedias que no se explican solo con las debilidades o las inclinaciones pecaminosas del hombre. Justamente es el “misterio de la iniquidad”, la realidad del Maligno que se opone, más bien que hace la guerra sistemáticamente, a la obra de Dios en Cristo por la humanidad. Por eso, San Pablo ha exhortado a los fieles con palabras inspiradas por el Espíritu Santo: «Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire» (Ef 6,11-12).
2. «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». El misterio de la paciencia divina
Delante de la situación “en su campo”, nos sorprende la recomendación que hace el “patrón de la casa”: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Es el misterio de la paciencia de Dios que parece incomprensible y suscita tanta perplejidad para las mismas “buenas semillas”, los “hijos del Reino”, los cuales sufren, queriéndolo o no, con la cizaña que está alrededor de ellos. Aunque si bien las buenas semillas permanecen silenciosas en el relato, podemos sentir su grito en el de los primeros mártires cristianos en la visión inspirada del autor sacro en el libro del Apocalipsis: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia […]?» (Ap 6,10). Este grito hace eco al del justo de todo tiempo y de todo lugar delante del misterio del “silencio” de Dios: «Señor, ¿cuándo vas a mirarlo? | Defiende mi vida de los que rugen; | mi único bien, de los leones» (Sal 35,17). La respuesta explícita de Dios en el libro del Apocalipsis, que recuerda el pensamiento de la parábola analizada, tiene que hacernos reflexionar: «A cada uno de ellos se le dio una túnica blanca, y se les dijo que tuvieran paciencia todavía un poco, hasta que se completase el número de sus compañeros y hermanos que iban a ser martirizados igual que ellos» (Ap 6,11), es decir, hasta el fin de la historia que vendrá dentro de poco, «se les dijo que tuvieran paciencia», así como la tienen Dios y Cristo Jesús.
No se trata de una paciencia pasiva, sino de una activa, como la de un agricultor ágil y sabio. Literalmente y metafóricamente, Dios continua a trabajar la tierra, como lo expresa el salmista: «Riegas los surcos, | igualas los terrones, | tu llovizna los deja mullidos…» (Sal 65,11). Todo sirve para cuidar a las buenas semillas y para realizar una milagrosa transformación, propia solo de Dios: ¡la de la cizaña en buena planta! Este es el misterio de la paciencia de Dios que «tanto amó al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Él se revela por su naturaleza paciente y porque es misericordioso con toda la humanidad. Él no tiene urgencia de destruir, sino que tiene “cuidado de todas las cosas” y busca hacer vivir y revivir: «Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia» (Sab 12, 18; primera lectura).
Y los siervos de Dios, los colaboradores del campo, son todos invitados a aprender y a seguir esta paciencia divina en la vida de fe y en la misión de la evangelización divina en el mundo, a las cuales todos estamos llamados. Exhorta, por eso, Santiago: «Por tanto, hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca» (Stg 5,7-8).
3. El misterio del crecimiento del Reino hasta el final
La razón de esta paciencia es que Dios ve más el crecimiento silencioso de las buenas semillas que la multiplicación arrogante de la cizaña: es la mirada del Patrón, de aquel que tiene toda la historia en sus manos. El mismo crecimiento del Reino, a pesar de todas las oposiciones que lo quieren sofocar, representa el más grande misterio de la historia de la humanidad. No es casualidad que Cristo haya afirmado con autoridad: «el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18), hablando xde la Iglesia, que es el inicio y el germen del Reino de Dios. Será, por tanto, cierto al final de los tiempos el triunfo del amor fiel de Dios, que realiza con Cristo y con sus discípulos-colaboradores su Reino en el campo del mundo.
Repetimos, en conclusión, la oración inspirada del Cardenal Ratzinger durante la meditación sobre la novena estación (“Jesús cae por tercera vez”) en el Vía Crucis del Coliseo en el 2005, donde se evoca la imagen potente de la cizaña en el campo, para un sincero examen de consciencia de toda la Iglesia, pero con la mirada llena de fe y confianza en Cristo, el Sembrador divino, que cuida siempre de sus “buenas semillas” en este mundo:
Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace agua por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los ensuciamos nosotros mismos. Nosotros somos quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, te arrastramos a tierra, y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos. Amen.
Sugerencias útiles:
León XIV, Carta Encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, Magnifica Humanitas
210. La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre. Esta forma de describir la realidad que vivimos puede parecer sombría o pesimista, pero considero que es una denuncia necesaria. La perspectiva cristiana, sin embargo, no se agota en la denuncia del mal. Nosotros miramos la historia a la luz del Crucificado Resucitado, a quien el Padre ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva. Y creemos en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece (cf. Mc 4,26-32). Mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra. Con las palabras del profeta: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?» (Is 43,19).
Papa Francisco, Exhortación Apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, Evangelii Gaudium
24. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. […] Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. […]La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. […]
225. […] El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu Santo (cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.
278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. […] Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. […]
Papa Francisco, Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 19 de julio de 2020
En el Evangelio de hoy (cfr. Mt 13, 24-43) nos volvemos a encontrar a Jesús hablando a la multitud en parábolas sobre el Reino de los cielos. Me detengo solamente en la primera, la de la cizaña, a través de la cual nos hace conocer la paciencia de Dios, abriendo nuestro corazón a la esperanza.
Jesús cuenta que, en el campo en el que se ha sembrado la semilla buena, brota también la cizaña, un término que resume todas las malas hierbas, que infestan el terreno. […]. Los siervos entonces van donde el amo para saber de dónde viene la cizaña, y él responde: «Algún enemigo ha hecho esto» (v. 28). […]
La intención de los siervos es la de eliminar enseguida el mal, es decir a las personas malvadas, pero el amo es más sabio, ve más lejos: estos deben saber esperar, porque soportar las persecuciones y las hostilidades forma parte de la vocación cristiana. El mal, por supuesto, debe ser rechazado, pero los malvados son personas con las que hay que tener paciencia. No se trata de esa tolerancia hipócrita que esconde ambigüedad, sino de la justicia mitigada por la misericordia. Si Jesús ha venido a buscar a los pecadores más que a los justos, a curar a los enfermos antes que a los sanos (cfr. Mt 9,12-13), también nuestra acción como sus discípulos debe estar dirigida no para suprimir a los malvados, sino para salvarlos. Y ahí, la paciencia.
El Evangelio de hoy presenta dos modos de actuar y de vivir la historia: por un lado, la mirada del amo, que ve lejos; por otro, la mirada de los siervos, que ven el problema. Los criados se preocupan por un campo sin malezas, el amo se preocupa por el buen trigo. El Señor nos invita a asumir su misma mirada, la que mira al buen trigo, que sabe custodiarlo también en las malas hierbas. No colabora bien con Dios quien se pone a la caza de los límites y de los defectos de los otros, sino más bien quien sabe reconocer el bien que crece silenciosamente en el campo de la Iglesia y de la historia, cultivándolo hasta la maduración. Y entonces será Dios, y solo Él, quien premie a los buenos y castigue a los malvados. […]

