Revista Bolivia Misionera N°24

SINODALIDAD A LA LUZ DE LA PRAXIS DE JESUCRISTO

Por: Dr. Jenaro Mercado Rojas

 La “Sinodalidad” es el polo orientador de la conversión y renovación pastoral en la que está empeñada toda la Iglesia, como viene ocurriendo con dos grandes acontecimientos que, actualmente, ella lleva adelante: El Camino hacia la Asamblea Eclesial de América Latina y la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Sínodo es un término muy familiar en la Tradición de la Iglesia referida a su labor pastoral, en la que toma en cuenta el plan de vida que Jesús ha diseñado para sus discípulos, poco antes de su Pasión: Él se revela como “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), y sus seguidores, en su origen fueron llamados “los del camino” (Hech 9,2; 24,14.22). Entonces, la sinodalidad “indica la específica forma de vivir y obrar de la Iglesia que expresa e identifica su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora.” Esta descripción, nos urge a convertirnos mirando la actuación de Jesús.

               Primeros datos de la actuación sinodal de Jesús

Jesús de Nazaret compartió por un tiempo la visión de Juan Bautista, aguardando la llegada del fin del tiempo, con la destrucción del orden viejo. Fue discípulo del Bautista, junto con otros discípulos; por eso recibió el bautismo en el río Jordán y asumió la gran esperanza mesiánica y apocalíptica de su maestro. Este dato histórico tiene un gran significado: Antes de tener discípulos, Jesús fue un discípulo que escucha y aprende, que recibe y participa en la experiencia de otros varones y mujeres de su tiempo. Pero en un momento dado, Jesús descubre que el anuncio del Bautista ya se había cumplido, que había llegado el fin y podía iniciarse el Reino de Dios en Galilea. Por eso, comienza con un mensaje sorprendente: Ha llegado el tiempo nuevo, la obra de Dios puede empezar y empieza, pero no en el templo de Jerusalén, ni en una academia de rabinos, ni tampoco por una lucha armada, ni a través de signos espectaculares (caída de estrellas, batalla de ángeles y diablos), sino en descubrir la presencia de Dios en la Palabra proclamada, en la acogida fraterna, porque llega el Reino de Dios, como humanidad pacificada, desde los descartados de la sociedad: cojos, mancos, ciegos, pecadores, impuros, leprosos, extranjeros, etc. Desde este trasfondo histórico, podemos señalar algunos acentos de la actuación sinodal de Jesús.

               Discípulos al servicio del Reino

“Se ha cumplido el Tiempo y el Reino de Dios se ha acercado. Conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,5). Estas palabras resumen su Mensaje y vida. Juan esperaba y preparaba a los suyos para el Juicio definitivo (Mt 3,5-10), pues el pecado reinaba sobre el mundo. Jesús no espera: sabe que el Tiempo (kairós) se ha cumplido, que el Reino (Basilea) se ha acercado ya y está presente. Por eso invita a sus oyentes a que crean, a que acepten la Buena Noticia, dejándose transformar por ella en gesto de gratuidad. Para cumplir esta tarea, Jesús vino a Galilea (Mt 3,12-17). Allí realizó su obra como Mensajero y portador del Reino. No empezó reuniendo unos discípulos destacados, sino llamando a todos, con gran predilección de los postergados. Por eso empezó anunciando que el Reino pertenece a los pobres, a quienes declara “dichosos” (Lc 6,20-21). Sobre estas palabras, Jesús o la comunidad de Teófilo (Lc 1,1-4) han añadido unas malaventuranzas antitéticas: “¡Ay de ustedes los ricos!” (6,24-25) y una ampliación sobre los perseguidos (Lc 6,22). Las Bienaventuranzas son Palabras de anuncio gozoso de Reino y realización de la plenitud humana. Desde esta perspectiva podemos afirmar que todos los que escuchan a Jesús empiezan siendo sus discípulos, los destinatarios de su Reino. Ahora bien, Jesús ofrece el Reino a todos los que quieran pedirlo en oración y recibirlo con su vida: “Padre: Santificado sea tu Nombre, venga tu Reino” (Lc 11,2-4), oración que identifica a los discípulos de Jesús, en sus dos vertientes, de apertura a Dios y de compromiso social.

               He venido a llamar a los pecadores

Su llamada no responde a unos valores previos, ni expresa un talante moralista, sino que ha iniciado un camino de alianza universal allí donde los humanos se encuentran perdidos, marginados y expulsados de la sociedad de su tiempo, sin posibilidad de sentir el amor de Dios. Jesús ha superado las fronteras de una comunión particular de buenos, para abrir, desde la Promesa de Dios, una Alianza Universal en gratuidad para todos. Su proyecto de Reino, molesta, no convence. Jesús rompe con la tradición judía, que es discriminadora. En adelante, su familia son los vulnerables (Mt 25,31-46), ellos son sus hermanos, primeros integrantes de la nueva comunidad universal. Su familia, sobre todo, son aquellos que escuchan su mensaje (Mc 3, 31-35). Al servicio de esa gran familia del Reino, ha buscado unos discípulos confiándoles la tarea de expandir y propagar su buena nuevas, en obras y palabras (Mt 10,1-15). Ellos no son dueños ni responsables de la salvación, pues el Reino se expande por su fuerza interna, como semilla sembrada en tierra (Mc 4,26-29), pero han recibido una tarea: son testigos del amor y salvación universal de Dios.

            La elección de los Doce: el Pan compartido

 Jesús les escoge para que estén con Él y expresen de un modo visible, con su vida más que con palabras, el cumplimiento de las promesas. Ciertamente, le acompañan y colaboran en su Misión; pero más que lo que hacen, importa lo que son. Esta elección se sitúa en un contexto más amplio: Jesús escoge a Doce, pero, al mismo tiempo, se fija en los excluidos y pecadores, a quienes integra en el espacio de la Alianza. Para entender mejor este signo de los Doce, debemos destacar otro signo: Jesús quiere iniciar ya desde este mundo el gran banquete final de la comunión de Dios con los hombres. Pues bien, en esta perspectiva de comida se sitúa el mensaje y proyecto de Jesús (Mt 11,18-19). En contra del Bautista, Jesús afirma el valor de este mundo, a través de la comida, que se convierte para Él en signo de gozo y en medio específico y programático de relacionarse con los descartados de la sociedad (Mc 2,15-17). No ha venido a excluirlos, sino a compartir con ellos la Mesa, para formar la gran familia del Reino. Jesús ha interpretado el Reino como Presencia amistosa de Dios, alegría de novio, mediante dos signos universales: las bodas (amor) y comida (alimento) (Mc 2,18-22). Por eso ser discípulo de Jesús significa saber comer y beber, compartiendo la vida con otros, en un camino sinodal de fraternidad (Mc 6,30-44; 8,1-10).

               Conclusión abierta

Ser cristiano consiste fundamentalmente en el seguimiento de Jesús y proseguimiento de su causa. Seguimiento y proseguimiento se traducen en una práctica evangelizadora de cuantos nos declaramos discípulos misioneros de Jesucristo. A partir de eta convicción, la Sinodalidad es (será) fruto de una radical conversión personal y eclesial. Para lograrla, la Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, debe mirar continuamente los acentos de la praxis sinodal de Jesús. A ello, pretende contribuir las reflexiones de este breve y modesto estudio, en el que hemos privilegiado las notas que identifican a la Iglesia, servidora del Reino en sinodalidad, que escucha y toma en cuenta a todos los que hacemos parte de Ella.

Dr. Jenaro Mercado Rojas.

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