Comentario bíblico misionero para este domingo
El Evangelio de este domingo marca un punto de inflexión decisivo en la misión de Jesús, situando a los discípulos en la región de Cesarea de Filipo, un territorio de marcada influencia pagana. En este escenario grecorromano, rodeado de altares y monumentos dedicados a diversas deidades, Jesús aleja a sus seguidores de su base habitual en Cafarnaúm para plantearles una pregunta fundamental sobre su identidad frente a la diversidad de opiniones de la gente. Actuando como representante del grupo, Pedro da un paso al frente y realiza una profunda profesión al declarar: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Con estas palabras, Pedro no solo reconoce a Jesús como el ungido definitivo esperado para inaugurar la era mesiánica, sino que también confiesa su naturaleza divina trascendente y su vínculo innegable con el Dios de Israel.
Como respuesta a esta revelación que proviene del Padre, Jesús establece el proyecto de su comunidad, prometiendo edificar su Iglesia sobre la piedra que es la persona de Simón Pedro. A través de un discurso solemne, Cristo le confiere a Pedro una misión especial con las llaves del Reino y asegura que, a pesar de las debilidades humanas de sus miembros, las potencias del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia porque Jesús mismo es el fundamento que la sostiene. Esta escena evangélica mantiene una innegable actualidad, ya que desafía a los seguidores modernos de Cristo a tomar una postura firme y profesar la verdadera fe en medio de un mundo pluralista. En una sociedad contemporánea que a menudo reduce a Jesús a un simple hombre recto, un líder carismático, o incluso lo considera irrelevante, los creyentes están llamados a rechazar estas visiones limitadas y testimoniar con valentía que Él es el único Salvador.
A continuación la reflexión completa.
XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (AÑO A)
Is 22,19-23; Sal 137; Rom 11,33-36; Mt 16,13-20
COMENTARIO
La profesión de fe en Cesarea de Filipo – Un punto de inflexión en la misión
Estando en camino Jesús y sus discípulos, llegamos con el evangelio de este domingo un punto de inflexión en su misión, cuando Jesús pide a los discípulos y obtiene de Pedro, como representante de su grupo, la profesión de fe en su identidad mesiánica. Para comprender mejor el significado del episodio, así como las palabras de Pedro y de Jesús para la misión de aquel tiempo y para la nuestra, es necesario profundizar algunos detalles, aparentemente no relevantes y, por eso mismo, frecuentemente dejados de lado, comenzando con la indicación del lugar del evento.
1. ¿Por qué una profesión de fe «[en] la región de Cesarea de Filipo»?
Solo los evangelista Mateo y Marcos indican el contexto geográfico del episodio: «en la región de Cesarea de Filipo». Se trataba de una ciudad de estilo grecorromano, reconstruida por el tetrarca Filipo en honor del emperador César Augusto en un lugar llamado antes Panea (en honor de Pan, divinidad de la naturaleza selvática). Por eso, el historiador hebreo del primer siglo, Flavio Josefo, menciona la ciudad con el nombre de Cesarea Panias. La arqueología moderna ha encontrado los restos de esta divinidad griega y, como en toda ciudad grecorromana, podemos imaginar la existencia en aquella zona de altares dedicados a otras divinidades, varios “monumentos sacros”, como San Pablo ha encontrado en Atenas (cf. Hch 17,23). Tenemos un contexto espacial particular, que refleja el paganismo de aquel tiempo. La gente creía en varios dioses, dependiendo de su inclinación religiosa y de las necesidades de cada uno. Encontramos, por tanto, a Jesús y sus discípulos todavía en la zona “pagana”, en los confines de la parte septentrional de Galilea (tanto es cierto que el domingo pasado los hemos visto en la zona de Tiro y Sidón, en el encuentro con la cananea).
Además, la región de Cesarea de Filipo se encuentra enfrente del monte Hermón, con una de las fuentes del río Jordán. En la zona se nota la concentración de los árboles de higos, observados también por los peregrinos en el Parque-Reserva natural de Banias. La higuera, con su tronco robusto y alto (llega a medir hasta de 8 metros) y con las hojas amplias, ofrece un refugio fresco contra el calor del sol. Sentarse bajo una higuera o una vid sirvieron como símbolos del tiempo mesiánico (cf. Miq 4,4).
Este contexto geográfico nos parece crucial para entender por qué Jesús ha llevado a los discípulos tan lejos de su “base” en Cafarnaúm (¡Al menos 10 horas a pie, según Google Maps!) para hacerles una pregunta fundamental sobre su identidad. Independientemente de lo que la gente en el mundo pluralista y de diversidad de opiniones religiosas, piense en relación a Jesús, los discípulos son llamados a profesar su fe en Jesús como el único y verdadero Mesías del Dios de Israel, del único y verdadero Dios. Se puede intuir que la cuestión resulta también muy actual. Todo seguidor de Cristo es llamado a profesar la verdadera fe en Él, como Pedro y los otros discípulos, en medio a varios posibles pareceres con respecto a su persona entre la gente. Esta concreta “toma de posición” es fundamental para testimoniar y compartir la fe con otros.
2. «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»
La profesión de fe de Pedro en el evangelio de Mateo completa y, al mismo tiempo, explicita las otras formas más simples reportadas por los evangelistas Marcos («Tú eres el Mesías») y Lucas («Tú eres el Mesías de Dios»). Para una debida profundización del contenido de esta profesión, refiero a varios libros de cristología. Me concentro en solo dos puntos esenciales.
En primer lugar, Jesús es profesado como el Cristo, es decir, el “mesías” en hebreo, que significa el ungido. Él es aquel ungido de Dios preanunciado por los antiguos profetas de Israel y, por ello, esperado ansiosamente por el pueblo elegido al final de los tiempos. Mientras que en la historia de Israel varios reyes, sacerdotes y, en algunos casos, hasta profetas eran ungidos por Dios, la respuesta de Pedro a Jesús acentúa la particular identidad de Jesús como el mesías, el Ungido de los ungidos, el único y definitivo, mandado por Dios con la misión de salvar a su pueblo. Además, en las palabras de Pedro podemos ver no tanto una afirmación de carácter intelectual, cuanto una expresión de adhesión a la persona de Jesús como el Cristo, en el cual los apóstoles confían y ponen toda su esperanza. Por eso, Él es “aquel que tiene que venir” al mundo, como Jesus explicó a un perplejo Juan Bautista en la cárcel y como se declarará por boca de Marta en el evangelio de Juan: «yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). Con la venida de Jesús, el Cristo-Mesías, se inaugura para el pueblo elegido y para el mundo entero la esperada y predicha era mesiánica, en la que cada uno se sienta bajo su vid y su higuera, para usar todavía la imagen sugestiva de los profetas que mencionaba más arriba.
En segundo lugar, profesando que Jesús es el Hijo del Dios viviente, Pedro declara la fe en la naturaleza divina particular de Jesús en relación con el único verdadero Dios de Israel que se reveló a Moisés simplemente como “Yo soy”, Aquel que es. A causa de este título, en la tradición bíblico-judía los ángeles y varios hombres eran llamados “hijos de Dios”. Sin embargo, como se revela en el Catecismo de la Iglesia Católica, en esta profesión de Pedro se reconoce “el carácter trascendente de la filiación divina de Jesús Mesías” (nn. 442-443). Tanto es cierto que en el evangelio de Juan, Pedro declarará a nombre del pequeño grupo de los pocos que permanecieron con Jesús durante la así llamada crisis de Galilea, cuando «muchos de sus discípulos volvieron atrás y no iban más con Él» después del “duro” discurso “Yo soy el pan de vida”: «nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69). De la misma manera, se acentúa la unicidad de Jesús, Hijo de Dios, con la expresión “Unigénito del Padre” o simplemente el Hijo (hay que agregar que, en el episodio evangélico de Mateo, la trascendencia divina parece estar unida con el implícito título que Jesús ha usado para sí mismo al preguntar a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»)
3. «Non praevalebunt» – «[El poder del infierno] no la derrotará»
Entre los evangelistas que relatan el mismo episodio en Cesarea de Filipo, solo San Mateo reporta el discurso de Jesús a Pedro después de la profesión de fe de este último. Son palabras inspiradas y profundas, que se han convertido en objeto de reflexión, estudio y debate teológico a lo largo de los siglos (¡con alguna disputa encendida hasta hoy!). Desde el punto de vista espiritual y por límite de tiempo, nos detenemos solamente en dos observaciones importantes para comprender bien el discurso.
Antes que nada, notamos el carácter particular del lenguaje de Jesús en este elogio a Pedro. Por una parte, vemos en el discurso la abundancia de expresiones semíticas, así como la forma de la bienaventuranza (bienaventurado tú, Simón), “ni carne, ni sangre” (para significar la naturaleza humana), el binomio atar-desatar (para indicar el poder total, como se ha visto en Is 22,19-23 [primera lectura]), el juego de palabras basado en el nuevo nombre de Simón como “Cefas” – piedra/roca. Esto refleja un Jesús “terreno¨, por así decir, con su agudeza y el modo de expresarse puramente hebraico, bien radicado en la tradición de su pueblo.
Por otra parte, el contenido del discurso deja ver un Jesús en éxtasis, justo como en aquel momento cuando pronunció la oración de alabanza a Dios por la revelación exclusiva a los pequeños: “Te doy gracias, Dios, Señor del cielo y la tierra…” (hemos escuchado esto hace algunos domingos). Se trata de un Jesús glorioso, “supra terrestre”, que con autoridad particular confirmó la profesión de Pedro como la revelación de Dios mismo (llamado solemnemente “Padre mío, que estás en los cielos”) y, en consecuencia, confirió a Pedro un estatus («sobre esta piedra edificaré mi Iglesia») y una misión especial («Te daré las llaves del reino de los cielos»).
Tenemos, entonces, el discurso del Jesús terreno y celeste, que revela su proyecto en relación al futuro del “Reino de los cielos” y la edificación de su “Iglesia”. Hay que notar la relación estrecha entre el Reino de los cielos y la Iglesia, que Jesús declaró edificar sobre piedra, que es la persona de Simón Pedro. La palabra “Iglesia”, del griego ekklesia, refleja el hebreo qahal que indica ala asamblea/congregación del pueblo, convocada por Dios (el culto). Entrar en el Reino de Dios significa lógicamente participar en la “iglesia” de Dios que Cristo edifica y llama “suya”.
Es necesario acentuar el propósito de Jesús que hablade su Iglesia y de su acción para edificarla sobre la piedra que es Simón Pedro. En otras palabras, la Iglesia es de Cristo que la edifica, no es de Pedro que, con su profesión de fe, permanece un instrumento, aunque fundamental, para la fundación de ella. Hay que recordar que el Cristo mismo es visto como la roca y, en cuanto tal, no existe otro fundamento que el Cristo mismo. Así, las palabras de Cristo a Pedro tienen que comprenderse en sentido inclusivo: Para la edificación de la Iglesia, Pedro será la piedra en Cristo – la única piedra angular y fundamental de todo, y esto por voluntad de Cristo mismo. De este modo, podemos entender que, a pesar de las debilidades humanas de Pedro y de todos los otros en la Iglesia, las potencias del infierno no prevalecerán sobre ella, porque detrás de Pedro y de toda la Iglesia está Jesús, el Cristo, el Hijo del Dios viviente, que sostiene a uno y a otro. Por el resto, Jesús mismo ha dicho a Pedro y a los otros discípulos antes de la pasión: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32).
Por tanto, en esta perspectiva, recordamos la bellísima afirmación del Papa León Magno († 461): “[…] como permanece lo que Pedro ha creído en Cristo, así permanece lo que Cristo ha instituido en la persona de Pedro […] En toda la Iglesia, Pedro proclama cada día: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (De Natale ipsius, III). Oremos ahora en conclusión (con las palabras de la Oración Colecta alternativa del Misal italiano para el domingo XXI, Año A): Oh Padre, fuente de sabiduría, que en el humilde testimonio del apóstol Pedro has puesto en fundamento de nuestra fe, dona a todos los hombres la luz de tu Espíritu, par que reconociendo en Jesús de Nazaret al Hijo del Dios viviente, nos transformemos piedras vivas para la edificación de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, que es Dios, y vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén.
Post Scriptum. ¿Por qué finalmente Jesús «les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías»? ¡Sabremos la respuesta el domingo siguiente!
Sugerencias útiles:
Papa León XIV, Santa Misa Pro Ecclesia celebrada por el Romano Pontífice con los Cardenales, Homilía, Capilla Sixtina, Viernes, 9 de mayo de 2025
[…] «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Con estas palabras Pedro, interrogado por el Maestro junto con los otros discípulos sobre su fe en Él, expresa en síntesis el patrimonio que desde hace dos mil años la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, custodia, profundiza y trasmite.
Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador y el que nos revela el rostro del Padre.
En Él Dios, para hacerse cercano a los hombres, se ha revelado a nosotros en los ojos confiados de un niño, en la mente inquieta de un joven, en los rasgos maduros de un hombre (cf. Concilio Vaticano II, Const. pastoral Gaudium et spes, 22), hasta aparecerse a los suyos, después de la resurrección, con su cuerpo glorioso. Nos ha mostrado así un modelo de humanidad santa que todos podemos imitar, junto con la promesa de un destino eterno que, sin embargo, supera todos nuestros límites y capacidades.
Pedro, en su respuesta, asume ambas cosas: el don de Dios y el camino que se debe recorrer para dejarse transformar, dimensiones inseparables de la salvación, confiadas a la Iglesia para que las anuncie por el bien de la humanidad. Nos las confía a nosotros, elegidos por Él antes de que nos formásemos en el vientre materno (cf. Jr 1,5), regenerados en el agua del Bautismo y, más allá de nuestros límites y sin ningún mérito propio, conducidos aquí y desde aquí enviados, para que el Evangelio se anuncie a todas las criaturas (cf. Mc 16,15). […]
Con todo, por encima de la conversación en la que Pedro hace su profesión de fe, hay otra pregunta: « ¿Qué dice la gente —pregunta Jesús—sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). No es una cuestión banal, al contrario, concierne a un aspecto importante de nuestro ministerio: la realidad en la que vivimos, con sus límites y sus potencialidades, sus cuestionamientos y sus convicciones.
« ¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). Pensando en la escena sobre la que estamos reflexionando, podremos encontrar dos posibles respuestas a esta pregunta, que delinean otras tantas actitudes.
En primer lugar, está la respuesta del mundo. Mateo señala que la conversación entre Jesús y los suyos acerca de su identidad sucede en la hermosa ciudad de Cesarea de Filipo, rica de palacios lujosos, engarzada en un paraje natural encantador, a las faldas del Hermón, pero también sede de círculos crueles de poder y teatro de traiciones y de infidelidades. Esta imagen nos habla de un mundo que considera a Jesús una persona que carece totalmente de importancia, al máximo un personaje curioso, que puede suscitar asombro con su modo insólito de hablar y de actuar. Y así, cuando su presencia se vuelva molesta por las instancias de honestidad y las exigencias morales que solicita, este mundo no dudará en rechazarlo y eliminarlo.
Hay también otra posible respuesta a la pregunta de Jesús, la de la gente común. Para ellos el Nazareno no es un charlatán, es un hombre recto, un hombre valiente, que habla bien y que dice cosas justas, como otros grandes profetas de la historia de Israel. Por eso lo siguen, al menos hasta donde pueden hacerlo sin demasiados riesgos e inconvenientes. Pero lo consideran sólo un hombre y, por eso, en el momento del peligro, durante la Pasión, también ellos lo abandonan y se van, desilusionados.
Llama la atención la actualidad de estas dos actitudes. Ambas encarnan ideas que podemos encontrar fácilmente —tal vez expresadas con un lenguaje distinto, pero idénticas en la sustancia— en la boca de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Hoy también son muchos los contextos en los que la fe cristiana se retiene un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes, contextos en los que se prefieren otras seguridades distintas a la que ella propone, como la tecnología, el dinero, el éxito, el poder o el placer.
Hablamos de ambientes en los que no es fácil testimoniar y anunciar el Evangelio y donde se ridiculiza a quien cree, se le obstaculiza y desprecia, o, a lo sumo, se le soporta y compadece. Y, sin embargo, precisamente por esto, son lugares en los que la misión es más urgente, porque la falta de fe lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia, la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad.
No faltan tampoco los contextos en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no sólo entre los no creyentes, sino incluso entre muchos bautizados, que de ese modo terminan viviendo, en este ámbito, un ateísmo de hecho.
Este es el mundo que nos ha sido confiado, y en el que, como enseñó muchas veces el Papa Francisco, estamos llamados a dar testimonio de la fe gozosa en Jesús Salvador. Por esto, también para nosotros, es esencial repetir: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).
Es fundamental hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso con un camino de conversión cotidiano. Pero también, como Iglesia, viviendo juntos nuestra pertenencia al Señor y llevando a todos la Buena Noticia (cf. Concilio Vaticano II, Const. dogmática, Lumen gentium, 1). […]
Catecismo de la Iglesia Católica
ARTÍCULO 2 “Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”
436 Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido”. Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
(…)
438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. “Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobreentendido Él que ha ungido, Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: Él que ha ungido, es el Padre. Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo, por Juan cuando “Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38) “para que él fuese manifestado a Israel” (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como “el santo de Dios” (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).
441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado “hijo de Dios” (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad “no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: “Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…” (Ga 1,15-16). “Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios” (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?”, Jesús ha respondido: “Vosotros lo decís: yo soy” (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, Él se designó como el “Hijo” que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los “siervos” que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás “nuestro Padre” (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles “vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro” (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: “Mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20, 17).
ARTÍCULO 9 “CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA”
751 La palabra “Iglesia” [ekklèsia, del griego ek-kalein – “llamar fuera”] significa “convocación”. Designa asambleas del pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de “Iglesia”, la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios “convoca” a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término Kyriaké, del que se deriva las palabras church en inglés, y Kirche en alemán, significa “la que pertenece al Señor”.
752 En el lenguaje cristiano, la palabra “Iglesia” designa no sólo la asamblea litúrgica (cf. 1 Co 11, 18; 14, 19. 28. 34. 35), sino también la comunidad local (cf. 1 Co 1, 2; 16, 1) o toda la comunidad universal de los creyentes (cf. 1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6). Estas tres significaciones son inseparables de hecho. La “Iglesia” es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.
La Iglesia, instituida por Cristo Jesús
763 Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su “misión” (cf. LG 3; AG 3). “El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras” (LG 5). Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo “presente ya en misterio” (LG 3).
764 “Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger “el Reino” (ibíd.). El germen y el comienzo del Reino son el “pequeño rebaño” (Lc 12, 32) de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva “manera de obrar”, sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).
765 El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los Doce (cf. Mc 6, 7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.
766 Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la cruz. “El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento” (LG 3).”Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz (cf. San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam, 2, 85-89).

