HomilíasNoticias MisionerasOMP Bolivia

Mons. Eugenio: El misionero no se quedará solo

Bolivia Misionera 29.06.20 Mons. Eugenio Scarpellini, Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, en la eucaristía de este domingo transmitida a través de las redes sociales dijo que hay que tener miedo a entregarse totalmente a Jesús y asumir la misión sin escatimar esfuerzos, a deshacernos para el bien de nuestros hermanos, porque en eso tendremos la recompensa de la vida verdadera en Cristo.
https://www.facebook.com/DiakoniaBolivia/videos/297971804912315/

En todo eso, nuestra fortaleza se apoya en que el misionero, el discípulo, el bautizado no quedará solo. Si somos fieles a la misión de Jesús, Él se identificará, se hará presente en nosotros y, por intermedio nuestro, el Padre se revelará a aquéllos a quienes anunciamos la Buena Noticia. Como Jesús reflejaba en Él el rostro del Padre, así el discípulo debería ser espejo donde la gente pueda contemplar algo del amor de Jesús.

Domingo XIII del tiempo durante el año.

Las exigencias de la misión

En la liturgia de este domingo meditamos la parte final del Discurso sobre la Misión (Mt 10,1-42). Este discurso contiene frases y consejos de Jesús que enseñan cómo vivir la misión del anuncio de la Buena Noticia de Dios, señalando al mismo tiempo la dificultad que comporta la misión. “¿Cuál es la exigencia fundamental de Jesús para los que asumen a la misión?” Es una pregunta dirigida a todo bautizado, obviamente, y no solo a misioneros y agentes pastorales.

Una de las cosas en la que Jesús insiste es la de abandonar el padre, la madre, los hijos, las hermanas, la casa, la tierra, abandonar todo por amor a Él y al Evangelio. Y estas exigencias no son sólo para algunos, sino para todos los que quieran seguirlo.

¿Será que Jesús quiere desintegrar la vida familiar? No puede ser, porque en otra circunstancia insiste en la observancia del amor al padre y a la madre. Él mismo obedeció a sus padres. Parecen dos afirmaciones contradictorias. Una cosa es cierta: Jesús no se contradice. Entonces ¿cuál es el significado de esta exigencia?

La exigencia de abandonar la familia revela otro significado, mucho más fundamental y más actual. La familia, en tiempo de Jesús sufría un empobrecimiento grande por la sumisión al Imperio Romano, el pago de los tributos y también por las obligaciones religiosas. Esta situación penetra en la convivencia de cada día, aumentando el individualismo. La pequeña familia, por la necesidad, comienza a cerrarse en sí misma y pierde el valor de ser parte de un pueblo que Dios ha forjado con relaciones de equidad, fraternidad y solidaridad.

Parece ser una fotografía de los que estamos viviendo: la prolongada cuarentena, la obligación de buscar el sustento diario, la pérdida de puestos de trabajo está generando un contexto económico, social, político y religioso que favorece el cierre de las familias sobre sí y debilitaba la vida de la comunidad. La preocupación por los problemas de la propia familia impide muchas veces a las personas unirse en comunidad. Impide a la comunidad vivir su misión específica que es ofrecer protección a las familias y a las personas, impedir la exclusión y acoger a los excluidos y a los pobres y así revelar el rostro misericordioso de Dios.

En tiempos de Jesús, como en nuestro tiempo, para que el Reino pueda manifestarse es preciso romper la tentación del encierro egoistico; superar los límites de la pequeña familia para abrirse a la gran familia, abrirse a la Comunidad. En este contexto hay que entender las palabras pronunciadas por Jesús, y hay que entender nuestra misión de discípulos abiertos a toda la comunidad, a la humanidad entera.

Jesús mismo nos da el ejemplo. Cuando su familia intentó apoderarse de Él, reacciona y dice: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y mirando alrededor dijo: “Cualquiera que hace la voluntad de mi Padre, éste es mi hermano, mi hermana, mi madre” (Mc 3,33-35). Jesús amplió el alcance de la familia; Dio valor a la Comunidad, abierta de manera especial a los pobres y marginados.

Jesús sigue pidiendo hoy a todos aquéllos que quieren seguirlo: los excluidos, los marginados deben ser acogidos en la comunidad, deben ser nuestra familia y así sentirse acogidos por Dios. Solo así se puede hace presente la exhortación de Dios al pueblo de Israel: “Que entre ustedes no haya pobres” (Dt 15,4).

Jesús ve en la familia y la comunidad la expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor al prójimo. Por esto pide a quien quiera ser su discípulo abandonar al padre, la madre, la mujer, el hermano la hermana, la casa, abandonarlo todo. ¡Debemos perder la vida para volver a poseerla! Él se hace el garante: “En verdad, en verdad les digo: no hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mi causa y por causa del evangelio, que no reciba ahora en el presente cien veces más en casa y hermanos y hermanas y madres, hijos y campos, junto a persecuciones, y en el futuro la vida eterna” (Mc 10,29-30)

Verdaderamente, quien tiene la valentía de romper el estrecho círculo de su seguridad personal, sea esta su familia u otra agrupación, encontrará de nuevo en la comunidad, cien veces todo cuanto ha abandonado: ¡hermano, hermana, madre, hijo, tierra! Solo en la apertura a la comunidad se descubre el lugar privilegiado de la familia, del amor de los padres a los hijos y el de los hijos a los padres.

Este es el camino de la cruz que ha vivido Jesús y que lo ha marginado en un sistema social, político y religioso. La cruz de Jesús es la consecuencia del compromiso libremente asumido de revelar la Buena Noticia que Dios es Padre y que por tanto todas las personas deben ser aceptadas y tratadas como hermanos. Por causa de este anuncio “revolucionario”, Jesús fue perseguido y no temió dar su vida porque no hay prueba de amor más grande que dar la vida por el propio hermano.

No hay que tener miedo a entregarse totalmente a Jesús, a asumir la misión sin escatimar esfuerzos, a deshacernos para el bien de nuestros hermanos, porque en eso tendremos la recompensa de la vida verdadera en Cristo. Es la lógica, la paradoja del Evangelio: lo último es lo primero, quien pierde vence, quien todo lo da todo lo conserva, quien muere vive. ¡Gana la vida quien tiene el coraje de perderla!

En todo eso, nuestra fortaleza se apoya en que el misionero, el discípulo, el bautizado no quedará solo. Si somos fieles a la misión de Jesús, Él se identificará, se hará presente en nosotros y, por intermedio nuestro, el Padre se revelará a aquéllos a quienes anunciamos la Buena Noticia. Como Jesús reflejaba en Él el rostro del Padre, así el discípulo debería ser espejo donde la gente pueda contemplar algo del amor de Jesús.

Es la recompensa más grande que podemos esperar: “El que te acoge me acoge a mí” y “El que me recibe a mí, recibe al que me envió”. Dios Padre lo dice de Jesús y Jesús lo promete para cada uno de nosotros.

Por otro lado, el Evangelio de hoy nos llama a vivir también la acogida hacia nuestros hermanos. Jesús da gran importancia y gran promesa a este gesto humano de acogida; Él mismo nos acoge, aunque somos pecadores, aunque le ofendemos y le damos la espalda a menudo, aunque somos lentos en comprender sus mensajes, cómo eran los propios apóstoles; nos acoge gratuitamente. Por eso San Pablo en su carta a los Romanos nos recomienda, “acójanse unos a otros, como Cristo los ha acogido” (Rom 15:7).

La invitación de Jesús es clara: no encerrarnos en nuestro egoísmo; no tener miedo a abrirnos, a vivir y trabajar en comunidad; a ser generosos y entregados con nuestra vida, sin miedo al sacrificio. Porque Él está con nosotros, nos acompaña y se revela por medio de nosotros.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *