Comentario Bíblico Misionero: «Vivir una fe sin privilegios y centrada en el servicio en este Mes Misionero»
Prensa CEB 1.10.2026. La Pontificia Unión Misional (PUM) ha compartido una reflexión para el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, enmarcada en las meditaciones preparadas por directores y expertos internacionales para el Mes Misionero de octubre. A partir de la parábola de los labradores asesinos y las lecturas bíblicas, el mensaje exhorta a evitar actitudes posesivas o de privilegio en la vida pastoral y eclesial, recordando que la viña pertenece al Señor.
Asimismo, la iniciativa destaca que la fe cristiana no se reduce a la imposición de normas, sino a una genuina propuesta de amor y servicio inspirada en Cristo. En este tiempo de renovación misionera, se anima a los creyentes a superar inercias y a ser comunidades abiertas y fraternas, llamadas a dar frutos de bien y esperanza en el mundo.
A continuación la reflexión completa.
Con motivo de los domingos del Mes Misionero de octubre de 2026, nos complace compartir con ustedes algunas de las meditaciones preparadas para todo el mes, como fruto de una iniciativa conjunta de las Direcciones Nacionales de las Obras Misionales Pontificias de Italia, India y Estados Unidos, en colaboración con el Secretariado Internacional de la PUM.
Los comentarios sobre las lecturas bíblicas del Mes Misionero han sido enviados por correo electrónico a todos los Directores Nacionales de las OMP, quienes podrán utilizarlos en las distintas actividades de animación misionera.
Queremos expresar nuevamente nuestro agradecimiento a las Direcciones Nacionales que han colaborado en la preparación de estos textos y, de manera especial, a sus autores: el Rev. P. Alessandro Sacchi (Italia); el Rev. Prof. Yesu Karunanidhi (India); y Mons. Roger Landry (Estados Unidos).
La PUM ha aportado también algunas sugerencias útiles para la reflexión.
Domingo, 4 de octubre de 2026
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
Is 5,1-7; Sal 79; Flp 4,6-9; Mt 21,33-43
Según la tradición evangélica, en la víspera de su pasión, Jesús contó la parábola de los labradores asesinos, en la que prefiguró el dramático suceso de su muerte. La liturgia de este domingo la presenta recordando un aspecto de su mensaje: el dogma fundamental de Israel, a saber, su identidad como pueblo elegido. De hecho, como primera lectura, el texto presenta un pasaje de Isaías con la alegoría de la viña, que describe el amor de Dios por este pueblo que, en lugar de serle fiel, se rebeló contra él: una traición que consistió esencialmente en la transgresión de las normas contenidas en el Decálogo, que constituían la base de la alianza entre Dios e Israel. Sin la práctica de la justicia, la alianza no podía existir, e Isaías lo afirmó, amenazando con la destrucción de la viña.
Jesús retoma este tema, dirigiéndose, como Lucas había enfatizado poco antes, a los sumos sacerdotes y a los ancianos, es decir, a los guardianes de la alianza. Se consideraban intermediarios entre Dios y su pueblo, y de ello obtenían honor, respeto, poder y ventajas materiales. En virtud de esta prerrogativa, se inmiscuían en la vida de las personas, imponiéndoles cargas que ellos mismos no estaban dispuestos a llevar (cf. Mt 23,4). Y para garantizar estos privilegios, se aliaron con los romanos y participaron con ellos en la explotación del pueblo. Contra esta explotación de la religión, Jesús había protestado expulsando del templo a los vendedores de palomas y a los cambistas, que actuaban en nombre de los sacerdotes. Ahora, los compara con los labradores asesinos que se rebelan contra el dueño de la viña, presagiando su ruina y la transferencia de su alianza a otros.
Mateo sugiere que Jesús se refería a la Iglesia, que, según Pablo, representa al Israel del fin de los tiempos, custodio de la nueva alianza prometida por los profetas. Lamentablemente, a lo largo de los siglos, incluso los líderes de la Iglesia a menudo han caído en las mismas contradicciones que los sacerdotes y ancianos de Israel, considerando la adhesión a la Iglesia como el único camino a la salvación e imponiendo doctrinas y prácticas a los creyentes que no siempre se ajustan a las enseñanzas de Jesús. Esto es lo que Pablo quería evitar cuando, en el pasaje de la carta a los Filipenses citado en la liturgia de este domingo, los exhortó a atesorar todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y honorable; en una palabra, todo lo que es virtuoso y digno de alabanza, dondequiera que se encuentre.
El Papa Francisco aludió a esta directriz cuando, en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones en 2025, se exhortó a los cristianos a ser « misioneros de la esperanza entre los pueblos» y a no limitarse a actitudes cerradas o ensimismadas, sino a proclamar el Evangelio reabriendo dinámicas de cercanía fraterna, compasión y servicio. Muchos misioneros superaron la tentación a la que alude el Papa cuando se encontraron entre poblaciones no cristianas, para quienes el sacerdocio no les otorgaba ningún privilegio y para quienes los modelos y estructuras de las iglesias antiguas ya no eran aplicables. Su experiencia, sin duda, contribuyó a que concibiéramos la Iglesia no como la única arca de salvación, sino como una comunidad de hermanos y hermanas al servicio de la verdadera paz y del progreso compartido y solidario.
Sugerencias útiles:
Papa León XIV, Homilía, celebración de la Palabra y veneración de las reliquias de S. Agustín, Basílica de San Pietro in Ciel d’Oro (Pavia), Sábado, 20 de junio de 2026
[…] ¿Cómo podemos hoy, […] ser una Iglesia viva?
La primera indicación del Apóstol es esencial: permanecer unidos a Cristo, la piedra viva, rechazada por los hombres pero, elegida por Dios. Cristo es el fundamento del edificio espiritual; es la piedra angular colocada como base de nuestro camino eclesial, de la acción pastoral y de la evangelización (cf. vv. 4-5).
Este hecho de ser edificados y de edificar en Cristo nos preserva del riesgo de dispersarnos y agotarnos en cosas secundarias, tal vez buenas, pero que no apuntan a lo esencial. Naturalmente, estamos llamados a ser realistas, y sabemos que en las comunidades parroquiales y en la vida de una diócesis hay muchas urgencias y muchos compromisos que requieren presencia y múltiples actividades. Sin embargo, se trata de llevar todo de vuelta al centro, de construir siempre a partir de la piedra angular, de evitar que nuestras acciones resulten dispersas, centradas únicamente en nosotros mismos y en nuestros esfuerzos. Puesto que el centro es Cristo, todos bebemos de esta única fuente y sometemos nuestro compromiso al discernimiento que proviene de su luz y de su Palabra. Cultivemos, pues, una Iglesia en la que se camine juntos, capaz de renovarse sin dividirse, en la que todos se reconozcan como hermanos y trabajen con alegría al servicio del Reino de Dios. […]
Papa León XIV, Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo, 22 de junio de 2025
[…] La piedra, de la que Pedro recibe también su propio nombre, es Cristo. Una piedra desechada por los hombres y que Dios ha hecho piedra angular. Esta plaza y las basílicas papales de san Pedro y de san Pablo nos cuentan cómo esa lógica aún se mantiene. Ellas se encuentran en lo que eran entonces los límites de la ciudad, “extramuros”, como se dice hasta hoy. Lo que a nosotros nos parece grande y glorioso antes fue descartado y excluido, porque contrastaba con la mentalidad mundana. Quien sigue a Jesús se encuentra recorriendo el camino de las bienaventuranzas, en el que la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia, el hambre y la sed de justicia, y el trabajo por la paz encuentran oposición e incluso persecución. Y, sin embargo, la gloria de Dios brilla en sus amigos y a lo largo del camino los va modelando, cada vez que se convierten.
Queridos hermanos y hermanas, sobre las tumbas de los apóstoles, meta milenaria de peregrinaje, también nosotros descubrimos que podemos vivir en esta continua conversión. El Nuevo Testamento no esconde los errores, las contradicciones, los pecados de aquellos que veneramos como los más grandes apóstoles. Su grandeza, en efecto, ha sido modelada por el perdón. El Resucitado los fue a buscar, más de una vez, para traerlos de nuevo a su camino. Jesús no llama una sola vez. Es por esto que todos podemos esperar siempre. […]
Papa Francisco, Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo, 8 de octubre de 2017
La liturgia de este domingo nos propone la parábola de los viñadores, a los que el jefe confía la viña que había plantado y después se va (cf Mt 21, 33-43). Así se pone a prueba la lealtad de estos viñadores: la viña está confiada a ellos, que deben custodiarla, hacerla fructificar y entregar al jefe lo que se recoja. Llegado el tiempo de la vendimia, el jefe manda a sus siervos a recoger los frutos. Pero los viñadores asumen una actitud posesiva: no se consideran simples gestores, sino propietarios y se niegan a entregar lo que han recogido. Maltratan a los siervos hasta matarlos.
El jefe se muestra paciente con ellos: manda a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero el resultado es el mismo. Al final, con paciencia, decide mandar a su propio hijo; pero aquellos viñadores, prisioneros de su comportamiento posesivo, matan también al hijo pensando que así habrían tenido la herencia.
Esta historia ilustra de manera alegórica los reproches que los profetas habían hecho sobre la historia de Israel. Es una historia que nos pertenece: se habla de la alianza que Dios quiso establecer con la humanidad y a la que también nos llamó a participar. Pero esta historia de alianza, como cada historia de amor, conoce sus momentos positivos, pero está marcada también por traiciones y desprecios.
Para hacer entender cómo Dios Padre responde a los desprecios opuestos a su amor y a su propuesta de alianza, el pasaje evangélico pone en boca del jefe de la viña una pregunta: «Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» (v. 40). Esta pregunta subraya que la desilusión de Dios por el comportamiento perverso de los hombres no es la última palabra. Está aquí la gran novedad del cristianismo: un Dios que, incluso desilusionado por nuestros errores y nuestros pecados, no pierde su palabra, no se detiene y sobre todo ¡no se venga! […]
La urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a convertirnos en su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en la fe cristiana. Esta no es tanto la suma de preceptos y de normas morales como, ante todo, una propuesta de amor que Dios, a través de Jesús hizo y continúa haciendo a la humanidad. Es una invitación a entrar en esta historia de amor, convirtiéndose en una viña vivaz y abierta, rica de frutos y de esperanza para todos. […]
Papa Francisco, Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo, 4 de octubre de 2020
[…] La imagen de la viña es clara, representa al pueblo que el Señor ha elegido y formado con tanto cuidado; los siervos mandados por el propietario son los profetas, enviados por Dios, mientras que el hijo es una figura de Jesús. Y así como fueron rechazados los profetas, también Cristo fue rechazado y asesinado.
Al final del relato, Jesús pregunta a los jefes del pueblo: «Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» (v. 40). Y ellos, llevados por la lógica del relato, pronuncian su propia condena: el dueño —dicen— castigará severamente a esos malvados y «arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo» (v. 41).
Con esta dura parábola, Jesús pone a sus interlocutores frente a su responsabilidad, y lo hace con extrema claridad. Pero no pensemos que esta advertencia valga solamente para los que rechazaron a Jesús en aquella época. Vale para todos los tiempos, incluido el nuestro. También hoy Dios espera los frutos de su viña de aquellos que ha enviado a trabajar en ella. A todos nosotros.
En cada época, los que tienen autoridad, cualquier autoridad, incluso en la Iglesia, en el pueblo de Dios pueden sentir la tentación de seguir su propio interés en lugar del de Dios. Y Jesús dice que la verdadera autoridad se cumple cuando se presta servicio, está en servir, no en explotar a los demás. La viña es del Señor, no nuestra. La autoridad es un servicio, y como tal debe ser ejercida, para el bien de todos y para la difusión del Evangelio. Es muy feo cuando en la Iglesia se ve que las personas que tienen autoridad buscan el proprio interés.

