Comentario Bíblico Misionero: Solemnidad de todos los santos
Prensa CEB 29.10.2026. En el marco de la solemnidad de Todos los Santos, la reflexión sobre el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12a) presenta a estas enseñanzas como la «carta de identidad» del cristiano y la ruta hacia la santidad, revelando el rostro y el estilo de vida de Jesucristo. Proclamado en el ambiente solemne del monte como el Manifiesto del Reino de Dios, el Sermón de la Montaña sitúa a Jesús como el nuevo Moisés que entrega la enseñanza de la nueva alianza, ofreciendo una perspectiva donde la pobreza espiritual, el sufrimiento y la búsqueda de justicia reciben la promesa de la gracia y el consuelo divino.
Asimismo, el escrito destaca la relevancia fundamental de la primera bienaventuranza dedicada a los «pobres en el espíritu», entendidos como aquellos que, ante la precariedad y las adversidades, depositan su absoluta confianza en Dios e integran las virtudes de la mansedumbre, la pureza de corazón y la misericordia. De esta forma, la vida santa se configura no solo como un modelo ético, sino como un seguimiento personal a Cristo —el primer bienaventurado y pobre de Dios— que impele a la comunidad creyente a salir al encuentro de los marginados, vencer la soledad y testimoniar el amor en la realidad cotidiana.
A continuación el comentario gentileza de la Pontificia Unión Misional (PUM)
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTO (AÑO A)
Ap 7, 2-4. 9-14; Sal 24; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a
COMENTARIO
Las Bienaventuranzas: el camino de la santidad y la Buena Noticia para los pobres de Dios
En la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a contemplar la multitud de quienes han alcanzado la plenitud de la vida en Dios. El Evangelio de las Bienaventuranzas nos muestra el camino de la santidad, pues revela el rostro mismo de Jesús e indica el estilo de vida de sus discípulos. En los santos reconocemos a quienes, dejándose transformar por la gracia, han vivido el Evangelio en las circunstancias concretas de su existencia.
Me limitaré a destacar tres aspectos importantes de las Bienaventuranzas, para profundizar en su significado y acoger más plenamente nuestra llamada a la santidad.
1. Una escena majestuosa
Conviene subrayar el ambiente solemne que el evangelista san Mateo quiso dar al anuncio de las bienaventuranzas. Es más, es necesario que todo oyente se sumerja en “aquel tiempo”, que vea y perciba toda la solemnidad del momento en que Jesús proclama el discurso, para apreciar la importancia de la enseñanza y vivirla después con reverencia y gratitud.
Como primera cosa, el lugar de proclamación es la montaña. San Mateo, de hecho, hace explícito: «Al ver Jesús el gentío, subió al monte». La montaña recuerda inmediatamente aquel monte Sinaí donde Dios mismo entregó a su pueblo, por medio de Moisés, el don de la Torah, comúnmente traducida como la Ley. Sin embargo, debe entenderse no sólo como los mandamientos-preceptos legislativos que deben observarse, sino también y sobre todo como el conjunto de enseñanzas divinas que deben seguirse. Ahora Jesús también está en la montaña y será, por tanto, el nuevo Moisés, a través del cual Dios dará la Torah de la nueva alianza. Por eso, el siguiente discurso de Jesús es conocido convencionalmente como el “Sermón de la Montaña” y se considera, con razón, el Manifiesto o Constitución del Reino de Dios, cuya venida fue anunciada por Jesús al comienzo de su ministerio público. Es por excelencia la primera enseñanza de Jesús en el Evangelio en orden numérico o cronológico y también en importancia.
El clima solemne de la enseñanza se acentúa aún más con la descripción de la posición de Jesús antes de hablar: «se sentó y se acercaron sus discípulos». El estar sentado con los discípulos alrededor es la posición habitual de un maestro (rabino) cuando enseña la Ley divina. También en la óptica la solemnidad, la descripción del acto de hablar de Jesús es sumamente extraordinaria: «abriendo su boca, les enseñaba». En lugar de un simple y sencillo “les enseñaba” que habría bastado, el evangelista prefiere la redundancia solemne: «abriendo su boca».
Es necesario tener presente esta escena majestuosa para apreciar mejor el mensaje de las bienaventuranzas, que será el centro del Evangelio, la buena nueva, que Jesús proclama con autoridad divina.
2. «Bienaventurados los pobres…»
El primer discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo se abre con la serie de las ocho bienaventuranzas proclamadas en tercera persona del plural (“Bienaventurados los pobres…, porque de ellos…”), seguidas por la bienaventuranza final dirigida directamente a los oyentes, declinada en segunda persona del plural (“Bienaventurados vosotros cuando os insulten…”).
De cada bienaventuranza podríamos hablar sin límite. Pero por razones de tiempo, conviene subrayar la importancia primaria de la bienaventuranza a los pobres, que de hecho ocupa el primer lugar. Este es precisamente el centro del Evangelio divino, es decir, la Buena Nueva de Dios, que Jesús lleva al mundo y de forma particular a los “pobres”, cumpliendo su misión de “evangelizar”: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».
“Los pobres en el espíritu” son los primeros destinatarios del reino de Dios. Como señala el propio evangelista, no se trata sólo del estado de pobreza material, sino de una actitud del espíritu. Los pobres son los que no tienen apoyo ni seguridad en la vida, salvo solo en Dios. Son los que a pesar de todo, de la precariedad de la vida, de las tribulaciones, de las opresiones, siguen poniendo toda su confianza en Dios que salva. Desde esta perspectiva, se puede ver que los pobres de espíritu son la categoría que engloba a todos los tipos mencionados en las bienaventuranzas posteriores.
En otras palabras, por un lado, los pobres de espíritu son los que lloran, los hambrientos y sedientos de justicia y los perseguidos por causa de la justicia (implícitamente divina). Todos ellos son bienaventurados, es decir, felices según el sentido hebreo del término, no porque su situación de pobreza o miseria, de llanto, hambre y sed, o persecución sea en sí misma algo bueno y digno de alabanza, sino porque en tal situación obtienen la gracia especial de Dios, que se acerca a ellos para darles la felicidad de su reino, es decir, de su amorosa presencia salvadora. Por otra parte, los pobres de espíritu son identificables con los mansos o humildes, los misericordiosos, los puros de corazón, los agentes de paz o los pacificadores, porque éstas son las características de las personas llamadas en el AT anawim “pobres” de Dios. Precisamente ellos constituyen «un pueblo humilde y pobre», destinatario privilegiado de la salvación divina al final de los tiempos (cf. Sof 2,3; 3,12-13). El estado de bienaventurados que se les proclama es, pues, también una exhortación implícita a un compromiso de conversión a estos valores para abrazar las realidades salvíficas del reino.
3. Siguiendo a Jesús el primer “beato” y “pobre” de Dios, “el Santo de Dios” (cf. Jn 6, 69)
Por último, debemos recordar que el mismo Jesús, como subraya san Pablo, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Estas son literalmente las palabras del Apóstol: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8,9). Jesús es, por tanto, el primer bienaventurado “pobre de Dios” y, así, podemos vislumbrar su perfil en todo tipo de destinatario de las bienaventuranzas proclamadas. En realidad, el camino de las bienaventuranzas no es simplemente seguir unos valores sociales o éticos, por muy válidos que sean, sino seguir a la persona de Jesús, el Dios-Hombre de las bienaventuranzas, que, como dice San Pablo, «el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención» (1Cor 1,30). De este modo, también nosotros nos convertimos en personas de las bienaventuranzas divinas —viviéndolas y transmitiéndolas a los demás, tanto a los cercanos como a los lejanos —, al igual que todos los santos de la Iglesia a quienes celebramos hoy.
Sigamos, pues, rezando por nuestra conversión y la de todos al Reino de Dios y a su Evangelio de las bienaventuranzas:
Oh Señor, haz que sintamos en nosotros Tu corazón enteramente entregado por el Reino de Dios, así como Tu cordial invitación a la conversión a Tu Evangelio de paz y de amor. Ayúdanos a vivir constantemente esta conversión en nuestras vidas, para que lleguemos a ser, contigo y en Ti, la invitación viva, de palabra y de obra, a la conversión al Reino para los que no Te conocen. Y en esta nuestra misión de ser testigos Tuyos y de Tu Reino, ayúdanos, a nosotros tus discípulos, a estar cada vez más unidos en Tu amor, superando las divisiones existentes en nuestras Iglesias y comunidades. Haz que Tu rostro brille sobre nosotros, para que seamos salvados y podamos resplandecer con Tu Luz para todo el mundo. María, madre de Cristo y madre de sus discípulos, ruega por nosotros.
¡Todos los santos de Dios, rueguen por nosotros! ¡Amén!
Sugerencias útiles:
Papa León XIV, Mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones (18 de octubre de 2026), Uno en Cristo, unidos en la misión
[…]
3. Misión de amor. Anunciar, vivir y compartir el amor fiel de Dios
Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.
La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Tanto es así que el mismo Señor, en su gran oración al Padre antes de la pasión, después de invocar la unidad de los discípulos, concluye de este modo: «Para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos» (Jn 17,26). Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo (cf. 2 Co 5,14). De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos.
Por eso, deseo agradecer especialmente a los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre. […]
Papa León XIV, IX Jornada mundial de los pobres, Homilía, Basílica de San Pedro, XXXIII Domingo del tiempo ordinario, 16 de noviembre de 2025
[…]
Cuando leemos el Evangelio, una de las frases que todos conocemos es «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Todos queremos estar entre los pobres del Señor, porque nuestra vida es un don de Dios y lo recibimos con mucha gratitud.
[…]¡Cuántas pobrezas oprimen nuestro mundo! Ante todo, son pobrezas materiales, pero también existen muchas situaciones morales y espirituales, que a menudo afectan sobre todo a los más jóvenes. Y el drama que las atraviesa a todas de manera transversal, es la soledad. Ella nos desafía a mirar la pobreza de modo integral, porque ciertamente a veces es necesario responder a las necesidades urgentes, pero en general lo que debemos desarrollar es una cultura de la atención, precisamente para romper el muro de la soledad. Por eso queremos estar atentos al otro, a cada persona, allí donde estamos, allí donde vivimos, transmitiendo esta actitud ya desde la familia, para vivirla concretamente en los lugares de trabajo y de estudio, en las diversas comunidades, en el mundo digital, en todas partes, empujándonos hasta los márgenes y convirtiéndonos en testigos de la ternura de Dios.
Hoy, sobre todo los escenarios de guerra, presentes lamentablemente en diversas regiones del mundo, parecen confirmarnos en un estado de impotencia. Pero la globalización de la impotencia nace de una mentira, de creer que esta historia siempre ha sido así y no podrá cambiar. El Evangelio, en cambio, nos dice que precisamente en las agitaciones de la historia, el Señor viene a salvarnos. Y nosotros, comunidad cristiana, debemos ser hoy, en medio de los pobres, signo vivo de esta salvación. […]
Papa León XIV, Jubileo del mundo educativo, Santa Misa y proclamación a «doctor de la Iglesias» de san John Henry Newman, Homilía, Plaza de San Pedro, Solemnidad de Todos los Santos – Sábado, 1° de noviembre de 2025
[…]
Este es también el sentido del Evangelio de las Bienaventuranzas proclamado hoy. Las Bienventuranzas traen consigo una nueva interpretación de la realidad. Son el camino y el mensaje de Jesús educador. A primera vista, parece imposible declarar bienaventurados a los pobres, a aquellos que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos o a los trabajan por la paz. Pero, aquello que parece inconcebible en la gramática del mundo, se llena de sentido y de luz en la cercanía del Reino de Dios. En los santos vemos cómo ese Reino se acerca y se hace presente en medio de nosotros. San Mateo, acertadamente, presenta las Bienaventuranzas como una enseñanza, proponiendo a Jesús como Maestro que transmite una nueva visión de las cosas y cuya perspectiva coincide con su camino. Las Bienaventuranzas, sin embargo, no son una enseñanza más, son la enseñanza por excelencia. Del mismo modo, el Señor Jesús no es uno entre tantos maestros, sino el Maestro por excelencia. Más aún, es el Educador por excelencia. Nosotros, sus discípulos, estamos en su escuela, aprendiendo a descubrir en su vida, es decir, en el camino que Él recorrió, un horizonte de sentido capaz de iluminar todas las formas de conocimiento. ¡Ojalá que nuestras escuelas y universidades sean siempre lugares de escucha y de práctica del Evangelio! […]
Papa León XIV, Conmemoración de los mártires y testigos de la fe del siglo XXI, Homilía, Basílica de San Pablo Extramuros, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de septiembre de 2025
[…]
Muchos hermanos y hermanas, también hoy, a causa de su testimonio de fe en situaciones difíciles y contextos hostiles, cargan con la misma cruz del Señor. Al igual que Él son perseguidos, condenados, asesinados. De ellos dice Jesús: «Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí» (Mt 5,10-11). Son mujeres y hombres, religiosas y religiosos, laicos y sacerdotes, que pagan con la vida la fidelidad al Evangelio, el compromiso con la justicia, la lucha por la libertad religiosa allí donde todavía es transgredida, la solidaridad con los más pobres. Según los criterios del mundo han sido “derrotados”. En realidad, como nos dice el libro de la Sabiduría: «A los ojos de los hombres, ellos fueron castigados, pero su esperanza estaba colmada de inmortalidad» (Sb 3,4).
Hermanos y hermanas, a lo largo del Año jubilar, celebramos la esperanza de estos valientes testigos de la fe. Es una esperanza llena de inmortalidad, porque su martirio sigue difundiendo el Evangelio en un mundo marcado por el odio, la violencia y la guerra; es una esperanza llena de inmortalidad, porque, aunque fueron asesinados en el cuerpo, nadie podrá apagar su voz ni borrar el amor que donaron; es una esperanza llena de inmortalidad, porque su testimonio permanece como profecía de la victoria del bien sobre el mal.
Sí, la suya es una esperanza desarmada. Han testimoniado la fe sin usar jamás las armas de la fuerza ni de la violencia, sino abrazando la débil y mansa fuerza del Evangelio, según las palabras del apóstol Pablo: «Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. […] Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,9-10).
[…] Estos audaces servidores del Evangelio y mártires de la fe, «son como un gran cuadro de la humanidad cristiana […]. Un mural del Evangelio de las Bienaventuranzas, vivido hasta el derramamiento de la sangre» (S. Juan Pablo II, Conmemoración Ecuménica de los Testigos de la fe del siglo XX, 7 mayo 2000). […]
Papa Francisco, Mensaje para la 97 Jornada Mundial de las Misiones (22 de octubre de 2023), Corazones fervientes, pies en camino (cf. Lc 24,13-35)
3. Pies que se ponen en camino, con la alegría de anunciar a Cristo Resucitado. La eterna juventud de una Iglesia siempre en salida.
Después de que se les abrieron los ojos, reconociendo a Jesús «al partir el pan», los discípulos, sin demora, «se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén» (Lc 24,33). Este ir de prisa, para compartir con los demás la alegría del encuentro con el Señor, manifiesta que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1). No es posible encontrar verdaderamente a Jesús resucitado sin sentirse impulsados por el deseo de comunicarlo a todos. Por lo tanto, el primer y principal recurso de la misión lo constituyen aquellos que han reconocido a Cristo resucitado, en las Escrituras y en la Eucaristía, que llevan su fuego en el corazón y su luz en la mirada. Ellos pueden testimoniar la vida que no muere más, incluso en las situaciones más difíciles y en los momentos más oscuros.
La imagen de los “pies que se ponen en camino” nos recuerda una vez más la validez perenne de la misión ad gentes, la misión que el Señor resucitado dio a la Iglesia de evangelizar a cada persona y a cada pueblo hasta los confines de la tierra. Hoy más que nunca la humanidad, herida por tantas injusticias, divisiones y guerras, necesita la Buena Noticia de la paz y de la salvación en Cristo. Por tanto, aprovecho esta ocasión para reiterar que «todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (ibíd.,14). La conversión misionera sigue siendo el objetivo principal que debemos proponernos como individuos y como comunidades, porque «la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia» (ibíd., 15).
Como afirma el apóstol Pablo, «el amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14). Se trata aquí de un doble amor, el que Cristo tiene por nosotros, que atrae, inspira y suscita nuestro amor por Él. Y este amor es el que hace que la Iglesia en salida sea siempre joven, con todos sus miembros en misión para anunciar el Evangelio de Cristo, convencidos de que «Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (v. 15). Todos pueden contribuir a este movimiento misionero con la oración y la acción, con la ofrenda de dinero y de sacrificios, y con el propio testimonio. Las Obras Misioneras Pontificias son el instrumento privilegiado para favorecer esta cooperación misionera en el ámbito espiritual y material. Por esto la colecta de donaciones de la Jornada Mundial de las Misiones está dedicada a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe.
La urgencia de la acción misionera de la Iglesia supone naturalmente una cooperación misionera cada vez más estrecha de todos sus miembros a todos los niveles. Este es un objetivo esencial en el itinerario sinodal que la Iglesia está recorriendo con las palabras clave comunión, participación y misión. Tal itinerario no es de ningún modo un replegarse de la Iglesia sobre sí misma, ni un proceso de sondeo popular para decidir, como se haría en un parlamento, qué es lo que hay que creer y practicar y qué no, según las preferencias humanas. Es más bien un ponerse en camino, como los discípulos de Emaús, escuchando al Señor resucitado que siempre sale a nuestro encuentro para explicarnos el sentido de la Escrituras y partir para nosotros el Pan, y así poder llevar adelante, con la fuerza del Espíritu Santo, su misión en el mundo.
Papa Francisco, Discurso a los participantes en el Capítulo General de los Misioneros Combonianos, Sala del Consistorio, Sábado, 18 de junio de 2022
El rasgo esencial del Corazón de Cristo es la misericordia, la compasión, la ternura. Esto no hay que olvidarlo: el estilo de Dios, ya en el Antiguo Testamento, es este. Cercanía, compasión y ternura. No está la organización, no, cercanía, compasión, ternura. Y entonces pienso que estáis llamados a dar este testimonio del “estilo de Dios” -cercanía, compasión, ternura- en vuestra misión, allí donde estáis y donde el Espíritu os guiará. La misericordia, la ternura es un lenguaje universal, que no conoce fronteras. Pero este mensaje lo lleváis no tanto como misioneros individuales, sino como comunidad, y eso implica que hay que cuidar no sólo el estilo personal, sino también el estilo comunitario. Jesús lo dijo a sus amigos: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os améis unos a otros” (cf. Jn 13,35), y los Hechos de los Apóstoles lo confirman, cuando narran que la primera comunidad de Jerusalén gozaba de la estima de todo el pueblo porque la gente veía cómo vivían (cf. 2,47; 4,33): en el amor. […]
Quisiera señalar que […] es necesario que todo se haga en la docilidad al Espíritu, para que las planificaciones necesarias, los proyectos, las iniciativas, todo responda a las exigencias de la evangelización, y me refiero también al estilo de evangelización: que sea alegre, manso, valiente, paciente, lleno de misericordia, hambriento y sediento de justicia, pacífico, en resumen: el estilo de las Bienaventuranzas. Esto importa.
Papa Francisco, Audiencia General, Aula Pablo VI, Miércoles, 29 de enero de 2020
Catequesis sobre las bienaventuranzas: 1. Introducción
Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre las bienaventuranzas en el evangelio de Mateo (5,1-11). Este texto abre el “Sermón de la Montaña” que ha iluminado la vida de los creyentes y también de muchos no creyentes. Es difícil no ser tocado por estas palabras de Jesús, y es justo el deseo de entenderlas y de acogerlas cada vez más plenamente. Las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano -es nuestro carnet de identidad-, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida. […]
¿Pero qué significa la palabra “bienaventurado”? ¿Por qué cada una de las ocho bienaventuranzas comienza con la palabra bienaventurado? La palabra original no indica a alguien que tiene el estómago lleno o que se divierte, sino una persona que está en una condición de gracia, que progresa en la gracia de Dios y que progresa por el camino de Dios: la paciencia, la pobreza, el servicio a los demás, el consuelo… Los que progresan en estas cosas son felices y serán bienaventurados.
Dios, para entregarse a nosotros, elige a menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras lágrimas, los de nuestras derrotas. Es la alegría pascual, de la que hablan nuestros hermanos orientales, la que tiene los estigmas pero está viva, ha atravesado la muerte y ha experimentado la potencia de Dios. Las bienaventuranzas te llevan a la alegría, siempre; son el camino para alcanzar la alegría. Nos hará bien tomar hoy el Evangelio de Mateo, capítulo cinco, versículos de 1 a 11, y leer las bienaventuranzas -quizás más de una vez, durante la semana- para entender este camino tan hermoso, tan seguro de la felicidad que el Señor nos propone.

