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#EvangelioDelDía: VENGAN A MÍ TODOS LOS CANSADOS Y AGOBIADOS… Y YO LOS HARÉ DESCANSAR

9 de diciembre 2020, miércoles de la segunda semana de Adviento proclamamos el Evangelio según San Mateo 11,28 – 30. Gloria a ti, Señor.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.


VENGAN A MÍ TODOS LOS CANSADOS Y AGOBIADOS… Y YO LOS HARÉ DESCANSAR
Queridos oyentes, en el pasaje del Evangelio de hoy Jesús tiene ante su vista las personas a quienes está dedicado con su amor: los pobres y hambrientos, los ignorantes, la gente sencilla, los apenados y enfermos. Siempre le han rodeado, le han llevado sus enfermos, han escuchado sus palabras, y también han procurado tocar aunque solo por fuera una borla de su vestido. Él de igual manera se había acercado a ellos y les ha dado los panes y peces para comer hasta hartarse después de saciarse de su enseñanza. Ahora les invita a acercarse a Él y les promete aliviarlos. Son como ovejas sin pastor, están angustiados, desorientados y abatidos. Están abrumados y gimen bajo el yugo del trabajo y de la Ley con sus 613 prescripciones. Esta doble carga les cansa y les deja embotados. Nadie podía cumplir tantas reglas; ni ellos mismos eran capaces de cumplirlas. Jesús en cambio tiene un yugo llevadero. San Juan escribía en su 1ª carta: “Sus mandamientos no son pesados” (1Jn5, 3) porque son sencillos: solo exigen entrega y amor. No obstante la voluntad de Dios es un yugo y una carga. Pero se vuelven ligeros si se hace lo que dice Jesús: “Aprendan de mí”. Jesús también lleva las dos cosas: su misión para Él es yugo y peso porque sabe que lleva a la cruz. Con todo, Él los ha aceptado como humilde siervo de Dios, porque le llena el Espíritu Santo que es el amor de Dios en persona. Cumple en toda su misión, lo que Dios Padre le ha encargado y se hace servidor de todos. Aunque el Padre se lo ha entregado todo, se ha hecho como el último esclavo. Su promesa “Hallarán descanso” no quiere decir tranquilidad adormecedora del bien vivir. El que vive entregándose a Dios, y ejercita siempre el amor, es levantado interiormente y se serena. El que ama no siente el peso, todo lo realiza con alegría.


Hoy conmemoramos a San Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe. Él es la figura más relevante en la historia de la comunidad cristiana en México. Cuauhtlatóhuac, tal era su nombre indígena, nació por el año 1474. Tenía unos 50 años cuando vinieron los misioneros a predicar la fe cristiana. Era uno de los pocos que querían bautizarse. Un dios con sangre tenían en México y no llamó la atención. Juan Diego estaba casado y vivía con su tío Bernardino. Su esposa Lucía murió 1529 dos años antes de la aparición. Juan Diego tenía interés en escuchar la Palabra de Dios y se sentía atraído por la Santa Misa. El sábado 9 de diciembre de 1531, una mañana fría, en México es invierno, pasaba junto al cerrillo Tepeyac cuando escuchó las palabras dulces y cariñosas de la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, en quien está todo, Señor del Cielo y de la tierra. Lo envió al Obispo para que dijera cómo desea ella que se le edifique una iglesia en la cual manifestaría todo su amor, compasión, auxilio y defensa, como verdadera madre. Cumplida la voluntad de la Virgen vivió junto al santuario una vida de oración y recogimiento, ejemplo de vida cristiana. Los papás bendecían sus hijos diciendo: “Dios te haga como Juan Diego”. Murió 1548 a la edad de 74 años.


Pidamos a Dios por nuestra patria BOLIVIA lluvias suaves y abundantes donde aún no llovió. ¡Ven, Señor Jesús! Pronto por favor, te necesitamos. El Evangelio es alegría. ¡Anúncialo! Y la Bendición de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sus familias y les acompañe hoy y siempre.

Mons. Adolfo Bittschi

Obispo Auxiliar de Sucre

Obispo resp. de Misiones CEB

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