Mons.Bittschi: TÚ ERES MI HIJO AMADO
10 de enero de 2021, domingo, celebramos la fiesta del BAUTISMO del SEÑOR y proclamamos el Evangelio según San Marcos 1,7 – 11. Gloria a ti, Señor. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
TÚ ERES MI HIJO AMADO
La fiesta del BAUTISMO del SEÑOR es el último día del tiempo de Navidad. En esta fiesta de Jesús recibimos una nueva manifestación de Dios. La Santísima Trinidad: PADRE, HIJO y ESPÍRITU SANTO se revela, el bautismo inicia con Jesús y todo el universo es santificado. Así es el “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” según San Marcos.
El Evangelio relata que en el bautismo de Jesús se abrió el cielo, que estaba cerrado a causa del pecado y la maldad del ser humano. Pero ahora el firmamento, que separaba el cielo de la tierra, se rasga y Dios sale al encuentro de la humanidad (Isaías 63,15 – 64,4). El Espíritu Santo descendió sobre Él y la voz del Padre se hizo oír para confirmarle como su Hijo amado. De esta manera, tenía cumplimiento el antiguo vaticinio hecho de parte del Señor por boca del profeta Isaías: “Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi Espíritu” (Isaías 42; 1ª Lectura).
Jesús, glorificado por el Padre y consagrado POR EL Espíritu Santo, puede ahora comenzar su ministerio, que el Apóstol San PEDRO resume así: “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 34 – 38; 2ª Lectura).
Pasamos al Evangelio: La aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. Su bautismo se distingue de las abluciones que se conoce en varias religiones; no se repite y debe ser la expresión concreta de un cambio de vida para siempre. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar ante el anuncio del juicio de Dios y de la venida de alguien más Grande que Juan. Los cuatro Evangelios describen esa misión con una cita de Isaías: “Una voz clama en el desierto: ¡Preparen el camino al Señor! ¡Allanen los caminos!” (40,3). San Marcos añade una frase compuesta de Malaquías 3,1 y de Éxodo 23,20: “Yo envío a mi mensajero delante de ti para que prepare el camino” (Mc1, 2). Estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios para juzgar y salvar. A Él hay que abrirle la puerta del corazón. Palabras con que San Juan Pablo II y Benedicto XVI iniciaron su ministerio de sucesor de San Pedro.
Podemos imaginar la extraordinaria impresión que causó Juan Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento histórico. Después de siglos había un profeta cuya vida le acreditaba como tal. Él anunciaba de nuevo la acción salvadora de Dios para su pueblo. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está cerca. Por eso: “Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán” (v.5). El bautismo de Juan incluyó la confesión: el reconocimiento de los pecados, el arrepentimiento y la conversión a nueva vida.
Ahora hay algo nuevo: “Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán” (v.9). Jesús se pone en fila entre la multitud de los pecadores. Ojo: el bautismo de Juan era para el perdón de los pecados reconocidos y arrepentidos. ¿Acaso Jesús tenía pecados? ¿Acaso tenía que cambiar su vida? Juan Bautista expresa estas preguntas a Jesús: “Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú vienes a mí? Jesús le respondió: Déjalo así. Está bien que cumplamos toda justicia. Entonces Juan lo permitió” (Mateo 3, 14s). En el mundo de Jesús, la “justicia” era aceptar y vivir la voluntad de Dios, aceptar el “yugo del Reino de Dios” expresado en la Ley. El hombre “justo”, como San José, es el “Santo”. Según San Lucas recibe Jesús el bautismo “mientras permanecía en oración” (3,21). De la misma manera murió en la cruz, orando: “¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!” San Marcos cita a Jesús en el diálogo con Santiago y Juan cuándo pedían los primeros puestos: “¿Pueden… recibir el bautismo que yo voy a recibir?” (10,38). El término “bautismo” en las palabras de Jesús designa su muerte. Esto nos hace entender que Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad de todos los tiempos y así se sumergió en las aguas del Jordán. Sumergirse en el agua significa morir. Salir del agua simboliza la resurrección. Jesús inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores haciéndose un condenado. Así anuncia y anticipa su muerte en cruz. Por cumplir “toda justicia” se abre el cielo y se escucha la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (v.11) que es la confirmación por parte de su Padre.
Sólo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano: la muerte en la cruz, que queda anticipado en el bautismo de Jesús, y la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho realidad ya ahora. Lo mismo vale para nosotros: nuestro bautismo anticipa nuestra muerte y nuestra resurrección.
Demos gracias a Dios en esta fiesta por nuestro bautismo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y trataremos de vivirlo al cumplir la justicia, es decir obedecer al Padre como Jesús: “Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mateo 26,39), haciendo el bien a todos.
El Papa Francisco nos pide orar en este mes con gran apertura que el Señor nos dé la gracia de vivir en plena fraternidad con hermanos de otras religiones, rezando unos por otros. Pidamos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras: que los niños, adolescentes y jóvenes que Dios llama puedan dar una respuesta generosa y favorable y sean apoyados por su familia. Nos puede ayudar la meditación de los misterios de nuestra fe en el SANTO ROSARIO. El Evangelio es alegría. ¡Anúncialo! Y la Bendición de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sus familias y les acompañe hoy y siempre.
Mons. Adolfo Bittschi
Obispo Auxiliar de Sucre
Obispo resp. de Misiones CEB

