Comentario Bíblico Misionero: Luz del mundo
Prensa CEB 21.01.2026. El inicio de la misión pública de Jesús en «Galilea de los gentiles» simboliza el alcance universal de su mensaje, presentándose como una luz que ilumina tanto a judíos como a paganos. A través de cuatro acciones fundamentales —recorrer, enseñar, proclamar y curar—, Cristo establece un modelo de misión «en salida» que busca la salvación integral de la humanidad.
Su invitación central a la conversión no es solo un abandono del pecado, sino una transformación profunda de la mente y el corazón para acoger el Reino de Dios, una tarea que los discípulos deben continuar místicamente hasta los confines de la tierra.
A continuación, compartimos la reflexión gentileza de la Pontificia Unión Misional
III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ANO A)
DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS
Is 8,23b-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17; Mt 4,12-23
COMENTARIO
Luz del mundo
La Palabra de Dios en la liturgia de hoy nos invita a contemplar el inicio de las actividades públicas de Jesús, tal como lo relata San Mateo en su evangelio. A partir de los énfasis del evangelista podemos detectar y comprender mejor algunas características fundamentales de la misión de Cristo y, por extensión, de todos sus discípulos. Esta reflexión es muy significativa y más que apropiada en el contexto actual del Domingo de la Palabra y de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que celebramos estos días.
1. «Comenzando por Galilea»
Es un hecho histórico que Jesús comenzó sus actividades públicas desde Galilea, la región septentrional de la tierra de Israel. Así lo subrayan diversas fuentes y, de manera sintética y emblemática, también el Apóstol San Pedro lo anuncia así en uno de sus discursos de los Hechos de los Apóstoles (que ya hemos escuchado en la Fiesta del Bautismo de este año): «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. 38Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos» (Hch 10,37-38).
Partiendo de este hecho, el evangelista san Mateo quiso subrayar aún más que se trata de la doble naturaleza de esta Galilea desde la que Jesús inició su misión pública. Por un lado, es la «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí», es decir, el territorio que se entró en herencia a estas dos tribus de Israel (después de que entraran en la Tierra Prometida). Por otro lado, también es llamada «Galilea de los gentiles», es decir, la Galilea de los pueblos paganos, porque tras la caída del Reino del Norte de Israel (721/722 a.C.), fueron a vivir allí pueblos no israelitas que poco a poco poblaron esa región. Esta “doble” identidad de Galilea se menciona en el escrito del profeta Isaías (primera lectura), y la retoma precisamente el evangelista Mateo para subrayar el cumplimiento de la Escritura para el inicio de la misión de Jesús.
Galilea, por tanto, en tiempos de Jesús era la Galilea de los gentiles y de Israel; se convirtió en la imagen del mundo entero en el que convivían israelitas y no israelitas, judíos y gentiles. Era el (micro)cosmos en el que Jesús actuó y cumplió el plan de salvación de Dios para toda la humanidad. En esa tierra Jesús, el Hijo de Dios lo empezó todo, así surgió «una luz grande» de Dios para «el pueblo que habitaba en tinieblas». Tanto es así que él mismo declarará: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Él es la luz que ilumina y revela, con palabras y obras, el verdadero rostro del Dios misericordioso y compasivo que ama y llama a todos a conocer, es decir, a experimentar, su amor para gozar de la vida en abundancia con Dios y en Dios. Todo esto comienza en la Galilea de Israel y de los gentiles.
A este respecto, es significativo que San Mateo, al final de su evangelio, “haga volver” de nuevo a todos, a Jesús y a sus discípulos «a Galilea, al monte que Jesús les había indicado» (Mt 28,16). Allí sucederá la última aparición de Jesús resucitado a los suyos, antes de la Ascensión, y allí les entregará el gran mandato misionero: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos […]. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,19-20).
Así se cierra el círculo de la misión de Jesús en la tierra: de Galilea a Galilea, y así comienza ahora la misión de sus discípulos, de todos, incluidos los “dubitativos” (cf. Mt 28,17): de Galilea a todo el mundo, cuyo símbolo sigue siendo esa tierra de Zabulón y Neftalí. Aun yendo hasta los confines de la tierra, los discípulos misioneros de Jesús permanecerán místicamente en su Galilea, donde seguirá estando con ellos en sus actividades misioneras «todos los días, hasta el final de los tiempos». Por eso, sus discípulos tendrán también la misma misión y vocación de ser “luz del mundo”, como su Maestro Jesús, luz de Dios que brilla en las tinieblas, en la Galilea del mundo.
2. «Jesús recorría toda Galilea enseñando… proclamando… y curando»
A la luz del simbolismo de “Galilea”, no es casualidad que el evangelista Mateo quisiera ofrecer más adelante una descripción sumaria de las actividades de Jesús: «Jesús recorría[periēgen] toda Galilea,enseñando [didaskōn]… proclamando [kēryssōn]… y curando [therapeuōn]». El remarcar la expresión de «toda Galilea» parece subrayar el carácter “universal” y “omnipresente” de la misión, mientras que los cuatro verbos resumen las cuatro acciones fundamentales de Jesús, el Misionero del Padre por excelencia.
En primer lugar, «Jesús recorría[periēgen]». Y ésta es la primera característica del misionero de Dios, en el sentido de “la más importante”. Incorpora (o sostiene) las demás acciones, en particular esa tríada paradigmática «enseñando [didaskōn]… proclamando [kēryssōn]… y curando [therapeuōn]». El “recorrer” de Jesús refleja una verdad histórica: el Jesús histórico iba de pueblo en pueblo para llevar a cabo la misión que le había confiado el Padre. Él mismo aconsejó a sus discípulos que fueran como Él, pero con una aclaración importante: «No andéis cambiando de casa en casa (Lc 10,7)» (de pueblo en pueblo sí, pero no de casa en casa, ¡quizá para evitar el turismo religioso en lugar del viaje misionero!) Vale la pena recordar aquí lo que Jesús dijo a los primeros discípulos de Cafarnaún, cuando lo buscaron por la mañana temprano después de un día de actividad y lo encontraron en oración solitaria en un lugar desierto fuera de la ciudad: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido [literalmente He salido]» (Mc 1,38). Jesús, el misionero de Dios, que ha salido divinamente del seno del Padre, ahora está siempre “en salida” hacia las aldeas de “toda Galilea”.
Además, como ya hemos dicho anteriormente, en su misión Jesús realizó las tres acciones concretas que incorporan todas las demás. Como subraya San Mateo en el texto, se indica la universalidad de los destinatarios/beneficiarios de estas acciones: «enseñando en sus sinagogas» para los judíos, y «curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» – para los unos y los otros (de hecho, Jesús realizaba curaciones tanto dentro como fuera de las sinagogas).
Se podría hablar interminablemente de esta tríada de acciones, pero nos basta con subrayar aquí que están intrínsecamente ligadas entre sí en las actividades misioneras de Jesús; van juntas y tienen por objeto la liberación y la salvación integrales (cuerpo, alma, espíritu) que Dios quiere realizar por medio de Jesús, su mesías, como afirma el apóstol san Pedro en su discurso antes citado: «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38).
Esta tríada será fundamental recordarla y llevarla a cabo para todo misionero de Dios en la escuela de Jesús: enseñar, proclamar, sanar, de la cual el fulcro fue y es siempre proclamar [kēryssō], también traducible como predicar, la buena nueva del Reino de Dios. De hecho, la primera acción y palabra de Jesús que menciona el evangelista es precisamente ésta: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”» (Mt 4,17).
3. «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Una conversión cristiana continua, misionera y ecuménica por el Reino
El anuncio de la llegada del Reino de Dios (llamado aquí “reino de los cielos” para evitar, según la costumbre judía, mencionar directamente a Dios) va acompañado de la cordial invitación a la conversión para acoger esta nueva realidad dada por Dios en Jesús. En efecto, la conversión, o más bien la acción de convertirse, como hemos explicado en uno de los comentarios anteriores, no se limita a un simple abandono de los pecados para volver a Dios; según la etimología de la palabra griega metanoiete “¡conviértete!”, implica también y sobre todo un pensar (noeite) más allá (meta), un ir más allá de los esquemas habituales de razonamiento, para creer en el Evangelio anunciado y realizado por Jesús y abrazar el don del Reino que ha llegado a todos en Él.
Es curioso constatar que, según el Evangelio de Mateo (que escuchamos hoy y los domingos de este año litúrgico A), esta cordial pero apremiante invitación a la conversión por el Reino no fue anunciada por primera vez por Jesús. Ya estaba en boca de Juan el Bautista, que se convirtió así en precursor de Jesús también en el anuncio fundamental del Reino. El anuncio de la proximidad del Reino resonará más tarde en la proclamación de los discípulos de Jesús, enviados por Él para preparar su venida, como les había recomendado su Maestro y Señor: «Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos» (Mt 10,7). Esto implica siempre una invitación a la conversión, es decir, a un cambio de mentalidad y de corazón para acoger el don del Reino en Jesús, y esta exhortación la hace explícita San Pedro al final de su primera predicación el día de Pentecostés: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús…» (Hch 2,38).
Este anuncio-invitación permanecerá siempre en el corazón de la misión de los discípulos seguidores de Jesús, llamados a trabajar en todo tiempo y lugar por la conversión de todos a Dios, empezando por ellos mismos. Lo proclamó en su tiempo el Beato Paolo Manna, incansable misionero en Birmania y fundador de la actual Pontificia Unión Misional: «Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo», una frase citada también por San Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Missio como consigna para la misión de la Iglesia hoy.
A este respecto, hay que subrayar de nuevo que la llamada a la conversión se aplica también y sobre todo a todos los cristianos, llamados a ser cada vez más lo que son en virtud del bautismo: “santos e inmaculados en el amor”, “luz del mundo”, o como subraya el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2022: “profetas, testigos y misioneros del Señor”. Se trata de la conversión continua en la vida de fe de los discípulos, que, debido a la fragilidad humana, no siempre están a la altura de su “santidad” vocacional, como ya les ocurrió a los primeros cristianos de Corinto, que “merecieron” la solemne exhortación del apóstol san Pablo: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (1Cor 1,10). Hay que recordar que el mismo Señor Jesús rogó al Padre con palabras conmovedoras, antes de la Pasión, por la unidad en el amor de sus futuros discípulos: «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno» (Jn 17,21.23).
Recemos, pues:
Oh Señor, haz que sintamos en nosotros Tu corazón enteramente entregado por el Reino de Dios, así como Tu cordial invitación a la conversión a Tu Evangelio de paz y de amor. Ayúdanos a vivir constantemente esta conversión en nuestras vidas, para que lleguemos a ser, contigo y en Ti, la invitación viva, de palabra y de obra, a la conversión al Reino para los que no Te conocen. Y en esta nuestra misión de ser testigos Tuyos y de Tu Reino, ayúdanos, a nosotros tus discípulos, a estar cada vez más unidos en Tu amor, superando las divisiones existentes en nuestras Iglesias y comunidades. Haz que Tu rostro brille sobre nosotros, para que seamos salvados y podamos resplandecer con Tu Luz para todo el mundo. María, madre de Cristo y madre de sus discípulos, ruega por nosotros. ¡Amén!
Sugerencias útiles:
León XIV, Ángelus, Plaza de San Pedro, II Domingo de Adviento, 7 de diciembre de 2025
[…] Antes de Jesús, aparece en escena su precursor, Juan el Bautista. Él predicaba en el desierto de Judea diciendo: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 3,1).
En la oración del “Padre nuestro”, pedimos cada día: «Venga tu reino». Jesús mismo nos lo enseñó. Y con esta invocación nos orientamos hacia lo nuevo que Dios tiene reservado para nosotros, reconocemos que el curso de la historia no está ya escrito por los poderosos de este mundo. Ponemos nuestros pensamientos y energías al servicio de un Dios que viene a reinar no para dominarnos, sino para liberarnos. Es un “evangelio”, una auténtica buena noticia, que nos motiva y nos involucra.
Ciertamente, el tono del Bautista es severo, pero el pueblo lo escucha porque en sus palabras resuena la llamada de Dios a no jugar con la vida, a aprovechar el momento presente para prepararse al encuentro con Aquel que no juzga por las apariencias, sino por las obras y las intenciones del corazón. […]
Es la experiencia que vivió la Iglesia en el Concilio Vaticano II, que concluía precisamente hace sesenta años; una experiencia que se renueva cuando caminamos juntos hacia el Reino de Dios, todos dispuestos a acogerlo y servirlo. Entonces no sólo florecen realidades que parecían débiles o marginales, sino que se realiza lo que humanamente se consideraría imposible, como en las imágenes del profeta: «El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá» (Is 11,6).
Hermanas y hermanos, ¡cuánto necesita el mundo esta esperanza! Nada es imposible para Dios. Preparémonos para su Reino, acojámoslo. El más pequeño, Jesús de Nazaret, nos guiará. Él, que se puso en nuestras manos, desde la noche de su nacimiento hasta la hora oscura de su muerte en la cruz, resplandece en nuestra historia como el sol naciente. Ha comenzado un nuevo día: ¡despertemos y caminemos en su luz! […]
Juan Pablo II, Carta Encíclica sobre el empeño ecuménico, Ut unum sint
Renovación y conversión
15. Pasando de los principios, del imperativo de la conciencia cristiana, a la realización del camino ecuménico hacia la unidad, el Concilio Vaticano II pone sobre todo de relieve la necesidad de conversión interior. El anuncio mesiánico « el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca » y la llamada consiguiente « convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc 1, 15), con la que Jesús inaugura su misión, indican el elemento esencial que debe caracterizar todo nuevo inicio: la necesidad fundamental de la evangelización en cada etapa del camino salvífico de la Iglesia. Esto se refiere, de modo particular, al proceso iniciado por el Concilio Vaticano II, incluyendo en la renovación la tarea ecuménica de unir a los cristianos divididos entre sí. « No hay verdadero ecumenismo sin conversión interior ».
El Concilio llama tanto a la conversión personal como a la comunitaria. La aspiración de cada Comunidad cristiana a la unidad es paralela a su fidelidad al Evangelio. Cuando se trata de personas que viven su vocación cristiana, el Evangelio habla de conversión interior, de una renovación de la mente.
Cada uno debe pues convertirse más radicalmente al Evangelio y, sin perder nunca de vista el designio de Dios, debe cambiar su mirada. Con el ecumenismo la contemplación de las «maravillas de Dios» (mirabilia Dei) se ha enriquecido de nuevos espacios, en los que el Dios Trinitario suscita la acción de gracias: la percepción de que el Espíritu actúa en las otras Comunidades cristianas, el descubrimiento de ejemplos de santidad, la experiencia de las riquezas ilimitadas de la comunión de los santos, el contacto con aspectos impensables del compromiso cristiano. Por otro lado, se ha difundido también la necesidad de penitencia: el ser conscientes de ciertas exclusiones que hieren la caridad fraterna, de ciertos rechazos que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de aquella obstinación no evangélica en la condena de los « otros », de un desprecio derivado de una presunción nociva. Así la vida entera de los cristianos queda marcada por la preocupación ecuménica y están llamados a asumirla.
23. En suma, la comunión de oración lleva a mirar con ojos nuevos a la Iglesia y al cristianismo. En efecto, no se debe olvidar que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se puede decir que el movimiento ecuménico haya partido en cierto sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando el único Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o Comunidad eclesial; una contradicción que no podía pasar desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación y encontraba en ello un obstáculo a la acogida del anuncio evangélico. Lamentablemente este grave impedimento no está superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión. Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el camino hacia la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a la Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros buscamos sinceramente: prueba de esto es nuestra oración común, animada por la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de Cristo que es Uno. El es nuestra unidad.
Plena unidad y evangelización
98. El movimiento ecuménico de nuestro siglo, más que las iniciativas ecuménicas de siglos pasados, cuya importancia sin embargo no debe subestimarse, se ha distinguido por una perspectiva misionera. En el versículo se san Juan que sirve de inspiración y orienta — « que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21) — se ha subrayado para que el mundo crea con tanta fuerza que se corre el riesgo de olvidar a veces que, en el pensamiento del evangelista, la unidad es sobre todo para gloria del Padre. De todos modos, es evidente que la división de los cristianos está en contradicción con la Verdad que ellos tienen la misión de difundir y, por tanto, perjudica gravemente su testimonio. Lo comprendió y afirmó bien mi Predecesor el Papa Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: « En cuanto evangelizadores, nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia […] Dicho esto, queremos subrayar el signo de la unidad entre todos los cristianos, como camino e instrumento de evangelización. La división de los cristianos constituye una situación de hecho grave, que viene a cercenar la obra misma de Cristo”.
En efecto, ¿cómo anunciar el Evangelio de la reconciliación sin comprometerse al mismo tiempo en la obra de la reconciliación de los cristianos? Si es cierto que la Iglesia, movida por el Espíritu Santo y con la promesa de la indefectibilidad, ha predicado y predica el Evangelio a todas las naciones, es también cierto que ella debe afrontar las dificultades que se derivan de las divisiones. ¿Contemplando a los misioneros en desacuerdo entre sí, aunque todos se refieran a Cristo, sabrán los incrédulos acoger el verdadero mensaje? ¿No pensarán que el Evangelio es un factor de división, incluso si es presentado como la ley fundamental de la caridad?
Papa Francisco, Exhortación Apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, Evangelii Gaudium
244. El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide «que todos sean uno» (Jn 17,21). La credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia realizara «la plenitud de catolicidad que le es propia, en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión». Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso, hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios. Confiarse al otro es algo artesanal, la paz es artesanal. Jesús nos dijo: «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). En este empeño, también entre nosotros, se cumple la antigua profecía: «De sus espadas forjarán arados» (Is 2,4).
[…]
246. Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente. Los misioneros en esos continentes mencionan reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio. La inmensa multitud que no ha acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indiferentes. Por lo tanto, el empeño por una unidad que facilite la acogida de Jesucristo deja de ser mera diplomacia o cumplimiento forzado, para convertirse en un camino ineludible de la evangelización. Los signos de división entre los cristianos en países que ya están destrozados por la violencia agregan más motivos de conflicto por parte de quienes deberíamos ser un atractivo fermento de paz. ¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros. Sólo para dar un ejemplo, en el diálogo con los hermanos ortodoxos, los católicos tenemos la posibilidad de aprender algo más sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre su experiencia de la sinodalidad. A través de un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien.
Juan Pablo II, Carta Encíclica sobre la permanente validez del mandato misionero, Redemptoris Missio
1. La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16).
En nombre de toda la Iglesia, siento imperioso el deber de repetir este grito de san Pablo. Desde el comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad a la cual dedico la presente Encíclica.
El Concilio Vaticano II ha querido renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su «índole misionera», basándola dinámicamente en la misma misión trinitaria. El impulso misionero pertenece, pues, a la naturaleza íntima de la vida cristiana e inspira también el ecumenismo: «Que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

