Revista Bolivia Misionera Nº22

Iglesia Misionera en tiempo de pandemia

Dr. M. Jenaro Mercado Rojas

Revista Bolivia Misionera Nº22

Un diminuto agente patógeno ha revelado cuán pequeño y limitado es la humanidad del siglo XXI que blasona haber logrado grandes avances científicos y tecnológicos. Todos los ámbitos de la sociedad, incluida la Iglesia, han sido obligados a repensar y crear estrategias para sobrevivir, superar y salir de la pandemia. Ella continúa, a pesar de las noticias que dicen haberla controlado y que estamos en la etapa de post-confinamiento. La realidad es otra: el contagio viral continua, ya se habla de rebrote, como viene ocurriendo en muchos países. Seguimos en emergencia, hecho que justifica el título de este breve artículo.

En estas circunstancias tan difíciles, emerge la pregunta en nuestra Iglesia: ¿Cómo llevar adelante la Misión? La respuesta (respuestas) la debe buscar mirando la praxis evangelizadora de Jesucristo, su Fundador, y a la de la Iglesia primitiva, que cumplió su tarea misional animada por el Espíritu Santo.

La actuación de Jesús

Durante su ministerio, Jesús formó a los suyos para que proclamen el Reino de Dios y lo transformen en un acontecimiento siempre actual. Su manera de vivir la Misión de ser Enviado del Padre, es camino para quienes lo siguen. Así los vincula al encargo recibido (Jn 20,21). En la convivencia con Jesús, los discípulos se inician en la vida en comunión, y aprenden cómo ser ‘apóstol’ o ‘enviado’ para hacer que otros también sean, en sus circunstancias concretas, discípulos de Jesús. Mediante comparaciones, Jesús indica a sus seguidores en qué consiste la Misión. Los hará ‘pescadores de hombres’, ‘pastores del Rebaño de Dios’, ‘jornaleros de la mies’ y otras. La Misión no será fácil, encontrarán muchas dificultades, incluso la muerte. Pero ni el Resucitado ni su Espíritu los abandonarán.

La Misión de Jesús alcanza a todos, en consecuencia, rompe diversos muros y fronteras geográficas y, sobre todo, existenciales. Derriba el muro inhumano del precepto del sábado, suprime el prejuicio, el racismo y la falsa religión, acoge a gente de mala reputación, no tiene inconveniente en romper la frontera del sepulcro que separa a los muertos de los vivos. Jesús se sale de cuanto es exclusivista, opresor, antihumano y anti-universal. Su Misión sin fronteras, que empieza por los pobres, los marginados, los abandonados, los descartados, los que no cuentan, convocó a multitudes a quienes les ofreció el tesoro del Reino de Dios.

La Misión de la Iglesia primitiva

La Iglesia primitiva, pese a muchas y diversas dificultades, en obediencia a Jesús y a la acción del Espíritu Santo, pese a muchísimas adversidades, no se encerró en sí misma en busca de seguridad, sino que, desde un primer momento, se abrió a la Misión. En efecto, el año 37 las autoridades judías desencadenaron una violenta persecución contra los cristianos de Jerusalén (Hech 8,1). Los helenistas eran el blanco favorito: Esteban fue el primer mártir (Hech 7,55—8,3); Santiago, el Apóstol, correrá la misma suerte seis años más tarde (Hech 12,1-5). Para salir de esta persecución, los discípulos (hebreos y helenistas) dejaron la ciudad y se dispersaron por las comarcas vecinas de Judea y Samaria, en las cuales fundaron varias comunidades cristianas. Felipe, uno de los siete helenistas, evangeliza en Samaria (Hech 8,4-8), Saulo en Damasco (Hech 9,19-25), Bernabé se dirigió a Antioquía (Hech 11,22), donde Juan Marcos le encontrará (Hech 12,25). En estas circunstancias tan duras y adversas, la Iglesia de Antioquía se convirtió en la capital de la Misión ad gentes y ello hizo de la misma, una comunidad viva, rica en carismas y atenta a la comunión con las otras Iglesias. Fue la Iglesia fundada por cristianos sencillos que bien hubieran podido limitarse a pensar sólo en ellos, luego de tantas dificultades, pero creyendo profundamente en Jesucristo, el Salvador Universal, lo anunciaron a todos. Tanto hablaban de Cristo que la gente empezó a llamarles cristianos (Hech 11,26). 

En contraposición, la Iglesia de Jerusalén, referencia de las demás, va perdiendo importancia hasta el punto que después del capítulo 15 del libro de los Hechos se opaca totalmente. Este cambio se debe al hecho de que la observancia estricta de la Ley mosaica, reconocida por Santiago su Obispo, llevó a esta Iglesia a cerrarse a la Misión sin fronteras y aun a oponerse abiertamente a ella. Son los cristianos de Jerusalén (judeo-cristianos) quienes marchan a Antioquía, provocan disturbios entre los paganos convertidos, intimidan a Pablo y a Bernabé (Hech 15,1-2) y siembran divisiones, como ocurrió en Corinto (1Co 1,10-16). Santiago era de ideas estrechas y logró imponer el antiguo orden judío de los ancianos. Este proceder, llevó a esta Iglesia local a la extinción. Fue una Iglesia que hizo el camino contrario al de las Iglesias que se abrieron a la Misión universal o Misión sin fronteras.

Iglesia Misionera en tiempo de pandemia

La mirada a la actuación de Jesús y el análisis de la evangelización de la Iglesia de los orígenes, fortalece nuestra convicción de que la Iglesia existe de verdad sólo en el acto de la Misión. Ésta “nos debe llevar a pasar de una Iglesia de conservación a una Iglesia Misionera, mediante un proceso de verdadera Conversión Pastoral de parte de todos, pastores y fieles, en obediencia al Espíritu Santo” (EyD 2020-2024 pp.53-54). Orillar o diferir este paso, nos llevaría a repetir, la historia de muerte de la Iglesia de Jerusalén. Sin herir la modestia, la Iglesia en Bolivia, en esta pandemia y en la hostil coyuntura política, luce signos de la misión de Jesús y cicatrices martiriales de la Iglesia de Antioquía. En fidelidad a Jesucristo, su Fundador, además de su labor social, privilegiando a los pobres, ha anunciado a Jesucristo con el lenguaje del testimonio. Laicos, religiosas, religiosos, sacerdotes, diáconos, incluso un Obispos, han dado la vida para que otros vivan. Su ejemplo ha arrastrado a muchas personas de conciencia solidaria a hacer lo mismo. La Misión debe continuar, los desafíos, además de ser urgentes, son muchos y muy serios. La pandemia nos urge a superar el riesgo de tener cristianos sociológicos, cristianos por costumbre familiar, cristianos aislados, sin gozar de un encuentro personal y colectivo con Jesucristo, cristianos sin pertenencia, ni identidad eclesial. No estamos solos. Jesucristo y el Espíritu Santo nos acompañan y nos asisten.

 La Iglesia existe de verdad sólo en el acto de la misión

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