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Mons. Bittschi: ¿QUIÉN ES ÉSTE? ¡HASTA EL VIENTO Y EL MAR LE OBEDECEN! – ¡JESÚS ES DIOS!

20 de junio 2021, 12mo. Domingo B durante el año LITÚRGICO, proclamamos el Evangelio según San Marcos 4, 35 – 41. Gloria a ti Señor. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor, Jesús.


¿QUIÉN ES ÉSTE? ¡HASTA EL VIENTO Y EL MAR LE OBEDECEN! – ¡JESÚS ES DIOS!
Queridos hermanos en Cristo, en el Evangelio de este domingo surge la pregunta acerca de Jesús: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen! Las lecturas nos dan la respuesta: Jesús es el Dios Todopoderoso, Creador de los cielos y de la tierra que domina las fuerzas indomables de la naturaleza. Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, es el Salvador que viene con poder para domar el caos y la muerte y para re-crear el mundo perdido por el pecado y dominado por el diablo. Él busca y exige fe y confianza.
La primera lectura nos prepara para el Evangelio. “El Señor habló a Job desde la tormenta” y lo introduce a este hombre de grande fe al misterio de la Creación del cosmos. En los versículos 4-7, anteriores a nuestra lectura, describe la fundación de la tierra como una casa que se construye de acuerdo con un plan detallado de arquitectura. Después, a una orden del Creador, nace el mar y es vestido con nubes y neblinas. Su “orgullo” se confina a sus límites. Con estas imagines se describe el poder de Dios Creador. Él domina todas las fuerzas de la naturaleza porque los había creado con su palabra.


SAN PABLO, en la segunda lectura de la 2ª Carta a los Corintios, nos presenta la obra redentora de Jesús, aún más poderosa que la creación: “El que vive en Cristo es una nueva creación, lo viejo ha pasado, ¡ahora todo es nuevo!” Cristo impulsado por el Amor en persona, el Espíritu Santo, venció con su muerte a la muerte y con su resurrección nos abrió la puerta a la vida de felicidad para siempre. “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos”.


En el Evangelio encontramos a Jesús usando una barca como cátedra para enseñar a las multitudes (4,1). “Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: “Crucemos la otra orilla”. Es una palabra con sentido geográfico y espiritual. El Padre envió a su Hijo como Salvador de todo el mundo, por eso, siguiendo su misión universal, se dirige a tierra de paganos al otro lado del mar de Galilea. Es una enseñanza para sus Apóstoles que después de la Muerte y Resurrección de Cristo deben pasar los límites de Israel e ir a todo el mundo.


De pronto se levantó una fuerte tempestad que agitó el mar y las olas irrumpían en el barco. Para los Israelitas, que tienen su origen en Ur en Caldea, Mesopotamia, y que no tienen ninguna experiencia marítima, el mar era símbolo del caos, de la muerte y del mal que nadie puede escapar. La tempestad, según ellos, es obra de los demonios para impedir que llegue Jesús y su anuncio del Reino de Dios a los pueblos paganos. Por un momento, logran las fuerzas de la muerte con la tempestad vacilar la fe de los discípulos, en sí expertos pescadores, porque la barca se estaba llenando de agua” y corría peligro de hundirse.


Mientras “Jesús dormía sobre una almohada en la parte posterior de la embarcación”. Esto demuestra la humanidad de Jesús. Él está re cansado por el trabajo intenso del día, necesita dormir y un profundo sueño lo domina.
Los angustiados discípulos despiertan al Señor con el reproche: “¡Maestro! ¿No te importa que nos hundamos? Jesús se levantó, mandó al viento y ordenó al mar: ¡Silencio! ¡Cállate!” Es decir con un exorcismo domina las fuerzas del mal y de la muerte.


Lo que ocurrió con los Apóstoles aquella noche en la barca, se repitió en la Iglesia durante los dos mil años desde su fundación por Jesús. Ha vivido muchas tormentas y muy violentas. Desde el comienzo con las persecuciones por los emperadores romanos que querían ser adorados como dioses. Cuántas veces se ha anunciado el fin de la Iglesia: en tiempos de napoleón, en las persecuciones del comunismo en Rusia, China, Correa del Norte, países musulmanes. Actualmente son los cristianos los más perseguidos en el mundo.


Lo mismo podemos decir de las tempestades en nuestra vida. La actual pandemia es una fuerte tempestad pasando por todo el mundo causando millones de muertos de seres queridos que no se podía despedir ni velar, ni enterrar dignamente; la pérdida de trabajo, empresas hundidas. Siguen los conflictos sociales en el país y guerras en varias partes del mundo. La mayor causa de muerte y del feminicido, sin embargo, sigue siendo el aborto, la matanza de los inocentes.


Y parece que Dios se duerme. San Agustín decía: “Cuando se dice que Dios duerme, somos nosotros los que dormimos. La barca es tu corazón. Si te acuerdas de tu fe, tu corazón no se agita: si te olvidas de tu fe, Cristo duerme y corres el peligro de naufragar”. En estos momentos de tempestades, cuando la tentación quiere vencer y surge la angustia y desesperación, cuando se oscurece la vida y vacila nuestra fe, cuando parece que nos hundimos podemos gritar a Jesús: “Sálvanos, Señor, que nos hundimos”. Y que mejor decírselo en la Eucaristía, sacramento de su entrega total por nosotros. En la Eucaristía, donde Él está presente en medio de la comunidad; donde nos alienta su Palabra; donde nos nutre con su Cuerpo y su Sangre; donde nos da su paz.


El Papa Francisco declaró este año un AÑO SANTO en honor a SAN JOSÉ, y un AÑO SANTO de la FAMÍLIA. En este mes de junio invita a orar por la belleza del matrimonio y por los que se preparan al matrimonio con el apoyo de la comunidad cristiana: para que crezcan en el amor, con generosidad, fidelidad y paciencia. Nos unimos al pedido del Papa y regalamos a la Madre cada día un ramo de rosas al rezar en todas nuestras intenciones el SANTO ROSARIO, especialmente por los afectados por el covid-19 y sus familias. Oremos al final: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. El Evangelio es alegría. ¡Anúncialo! Y la Bendición de Dios: del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sus familias.

Mons. Adolfo Bittschi

Obispo Auxiliar de Sucre

Obispo resp. de Misiones CEB

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