Revista Bolivia Misionera Nº23

JOSÉ Y EL CREYENTE, HOY

Por: Dr. Marcos Jenaro Mercado Rojas

Secretario Ejecutivo. Área de Evangelización C.E.B.

Acogiendo el objetivo que el Papa Francisco señala en la Carta Apostólica ‘Patris Corde’ (Pat.Cor): “Que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución.” (p.3). El punto de vista del Papa nos ayuda a mirar, de otra manera, la figura señera de José de Nazaret.

            José, el artesano.

José no viene del mundo intelectual (escribas) ni de las leyes (fariseos) ni de la clase económicamente fuerte (saduceos, recaudadores de impuesto) o de la genealogía levítica del templo (sacerdotes). No pertenece, tampoco, al grupo de judíos piadosos (hasideos, esenios) ni al grupo de revolucionarios (iscarios, zelotes). José es un hombre de a pie, de la pequeña comarca de Nazaret; de profesión ‘artesano’ (naggar, en hebreo; tékon, en griego), apelativo genérico que designa a las personas que trabajan la madera, la piedra y el hierro. Jesús aprendió la profesión en el taller de José. Es conocido como el “hijo del carpintero” (Mt 13,55) o, simplemente, como “el carpintero” (Mc 6,3). José, el artesano “nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo” (Pat.Cor p.19).

            José, el hombre obediente.

José y María, siguiendo la tradición judía, estaban comprometidos. Según la ley judía, este primer momento significaba, que se había realizado un contrato de matrimonio. Faltaba la celebración de la boda, que culminaba con la novia introducida en la casa del novio. En este intervalo de “un año”, sucedió la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo. “José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María” (Pat.Cor p.8). José decide abandonar a María, no denunciándola como adúltera (Dt 22,23-27) Entonces, Dios interviene y en respuesta a lo que pensaba hacer le revela el misterio del Niño, misterio que José no lo entendía. Dios, por medio del ángel, lo llama por el nombre, y por su dignidad, como descendiente de David (Mt 1,1.20c). Es el inicio de la revelación personal a José que, en libertad, la acoge. El itinerario de su obediencia sorprende: “No temas tomar a María por esposa”; “el Hijo que espera es obra del Espíritu Santo”; “ella dará a luz un hijo, le pondrás el nombre de Jesús”; “Él librará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21).

José dijo sí a Dios porque comprendió que no haría cosa mejor en toda su vida que dar cumplimiento a la voluntad de Dios. A partir del episodio de los Reyes o Magos, Dios se fió de José y le confió el cuidado de las dos personas más excelsas: Jesús y María. Le previene acerca de las intenciones de Herodes de querer matar al Niño y debe huir a Egipto. José obedece. Permanece en Egipto hasta la muerte de Herodes. Al regreso, por aviso divino, se establece en Nazaret, lo que justifica el que sea llamado “nazareno.” (Mt 2,23). José es el elegido para recorrer, en obediencia, el itinerario del nuevo Éxodo: Egipto-Belén-Nazaret. “En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la anunciación y Jesús en Getsemaní” (Pat.Cor p.9).

            José, el varón justo

Lo ordinario y lo extraordinario de la justicia no son las dimensiones de ella, sino el modo de vivirla en nuestras relaciones con Dios y con el prójimo. San Mateo le llama: justo (díkaios). Su justicia se pone de manifiesto al permitir que Dios supere por medio de él la dificultad que entraña un nacimiento sin padre, aceptando el convertirse en el padre de Jesús. El papel de José es indispensable en la historia de la salvación. Así como María obedeció en calidad de esclava del Señor para concebir al Hijo del Altísimo, él también ha de obedecer para convertirse en padre legal de Jesús. José aparece justo porque descubre que el Plan de Dios está sobre toda ley. Su justicia va más lejos: es santa, la vive, anticipadamente, en el marco de las bienaventuranzas del Reino: “Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de Dios” (Mt 5,20); “Busquen primero su Reino y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura” (Mt 6,32). Según se puede deducir de los relatos evangélicos, el justocumple una misión pública importante. No podemos mantener la imagen de un José perdido en la masa, aunque caracterizado por el silencio, el hecho de que fuera justo hace que sus palabras sean escuchas, sus consejos seguidos, su testimonio de vida comentado. Jesús, en realidad, asimiló de José, su padre legal, la figura de Abbá, su Padre divino.

            José y el creyente, hoy

Por su forma de actuar en los acontecimientos de la niñez y adolescencia de Jesús, se desprende, con toda nitidez, que su actuación era fiel reflejo de su confianza total en Dios. José es el eslabón imprescindible para que tuviera lugar la irrupción de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre. Su colaboración para que se hiciera realidad este gran Acontecimiento de amor, basta para que el creyente de hoy, se plantee en su fuero interno su compromiso personal con el mensaje del Evangelio. Hoy, el creyente sabe que su fe debe ser vivida con autenticidad y fecundidad misionera. Su búsqueda le invita a comprender que Jesús es un hombre como los demás, siendo al mismo tiempo fruto del Espíritu Santo en María. José aceptó esta paradoja, porque era justo. Ser cristiano implica, en último análisis, vivir la justicia de Dios. Por ello, san José, con corazón de Padre, lejos de ser considerado arcaico en nuestro mundo dominado por inquietudes económico-socio-políticas, sigue siendo señera para cuantos creyentes ansían dar con sus vidas una respuesta de servicio. El creyente ha de dirigirse a José de Nazaret con total confianza: Dime, José, cómo se vive siendo ‘número dos; cómo se hacen cosas extraordinarias desde un segundo puesto; cómo se sirve con amor y alegría; explícame, José cómo se es grande sin exhibirse, cómo se trabaja con ilusión, sin esperar aplausos; dime cómo se avanza sin publicidad, cómo se alcanza la gloria desde el silencio, cómo se es feliz sin aspirar a los mejores puestos. “Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida.” (Pat.Cor, Oración a San José).

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