ELLA DIO DE LO QUE NECESITABA PARA VIVIR
7 de noviembre de2021. Domingo 32 del año litúrgico, proclamamos el Evangelio según San Marcos 12, 38 – 44. Gloria a ti, Señor. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
Queridos hermanos en Cristo, en el centro de las lecturas de éste domingo 32 durante el año litúrgico está la entrega total de sí mismo de Nuestro Señor Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote prefigurado por dos viudas, mujeres muy pobres, pero dan todo lo que tenían. La primera lectura, tomada del primer libro de Reyes, nos presenta una viuda pobre en un país pagano que comparte con el profeta Elías todo lo que tenía. El acontecimiento ocurrió en una dura sequía. En una situación extrema, todos tratan de evitar gastos para poder mantenerse con vida. Sin embargo, por petición del profeta accede a compartir con él lo último que tenía. Este gesto de la viuda tiene un final feliz: no le faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra hasta que terminó la hambruna, tal como lo había dicho el Señor por Elías. Esto comprueba que cuando se comparte con generosidad lo poco que se tiene se multiplica. En el Nuevo Testamento encontramos la misma realidad en la Carta a los Hebreos, la segunda lectura. Jesús es el nuevo y eterno Sumo Sacerdote que se ofreció una vez para quitar los pecados de todos los hombres de todos los tiempos con la entrega voluntaria de su Cuerpo y su Sangre en el sacrificio de la Cruz. Cristo no entregó algo, sino su misma vida en rescate de todos. Este sacrificio no se puede repetir, pero por lo que Dios vive fuera del tiempo se puede y se hace presente en la celebración de la Eucaristía o Santa Misa.
Y en el Evangelio de hoy está la viuda pobre y su gesto generoso que realiza al echar sus últimas monedas que le quedaban a la alcancía del Templo en Jerusalén. Un gesto que gracias a la mirada atenta de Jesús se ha guardado hasta hoy y es expresión de una generosidad que da sin reservas y que tiene su fundamento en una confianza única en el Dios Providente. Importante es el lugar donde ocurrió este hecho inolvidable, es en el Templo, el santuario donde Dios prometió estar presente para escuchar y ayudar a su pueblo. Es el centro religioso de Israel donde se enseñó la Palabra de Dios, se alaba y canta al Señor y se realizaron toda clase de sacrificios de animales y de incienso para honrar a Dios Creador, Liberador y Legislador. Es la meta de miles y miles de peregrinos que vinieron en procesiones cantando los Salmos. Es también el lugar de las disputas entre los rabinos, los fariseos y los maestros de la Ley con Jesús. El Señor enseña con la autoridad única, que tiene como Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como acabamos de escuchar, en contra de los maestros de la Ley por su hipocresía, pues mientras muestran por fuera una vida muy religiosa, se aprovechan de los pobres y viudas “devorando sus bienes” e imponiendo sobre la gente obligaciones difíciles que ellos mismos no cumplieron. En fin, Jesús muestra su afecto por el Templo como casa de oración, de culto, de escucha de la Palabra y del encuentro con Dios. Precisamente por eso quiere purificar el Templo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado profundo como anuncio de su persona. Cristo mismo es el verdadero y único lugar del encuentro con Dios desde su Encarnación, Vida, Pasión, Muerte y Resurrección. De su Sagrado Corazón abierto salieron Sangre y Agua, símbolos de los sacramentos, que nos unen a nosotros, los hombres, con su Dios, las criaturas con su Creador.
El episodio de la viuda pobre que echó dos moneditas de poco valor, por la mirada de Jesús, al fijarse en este detalle que se puede escapar, pero tiene un significado profundo, porque dio todo lo que tenía. También a nosotros nos dice el Señor, como aquel día a los Apóstoles: ¡Presten atención! Esta viuda, muy pobre, nos da una gran lección: expresa la característica fundamental de quienes somos las “piedras vivas” del Templo verdadero, es decir, la entrega total de sí al Señor y al prójimo; esta viuda del Evangelio igual que la del Antiguo Testamento, da todo y se pone completamente en manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado para siempre de la ofrenda de la viuda tan pobre, a quien Jesús exalta porque da mucho más que los ricos que dan fuertes sumas, pero dan de lo que les sobra; mientras ella da todo lo que tenía para vivir, en otras palabras se da a sí misma.
Queda la pregunta para nosotros: ¿Somos de los ricos que dan de las sobras? O ¿qué estamos dando a Dios y al prójimo en tiempo, en bienes espirituales y materiales? ¿Somos capaces de entregarnos completamente en manos de Dios como estas viudas pobres y como la Virgen María?
Mons. Adolfo Bittschi
Obispo Auxiliar de Sucre
Obispo resp. de Misiones CEB

