Revista Bolivia MisioneraNoticias MisionerasRevista Bolivia Misionera Nº30

2024, el Año de la Oración

El Papa Francisco nos ha convocado a vivir el año de la oración. Se trata de «un año dedicado a redescubrir el gran valor y la absoluta necesidad de la oración». Jesús es el maestro de la oración. Debemos dirigir nuestra mirada a Él, cada día, para decirle con total confianza: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

El camino sinodal que está viviendo nuestra Iglesia nos exige vivir la espiritualidad de Jesús, una espiritualidad misionera centrada en la oración y en el servicio a los más necesitados. Este año es un regalo, tenemos una gran oportunidad y debemos sacarle el máximo provecho para que todos tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10,10).

Así nos dice el Papa Francisco: “Me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo.

Oración, para agradecer a Dios los múltiples dones de su amor por nosotros y alabar su obra en la creación, que nos compromete a respetarla y a actuar de forma concreta y responsable para salvaguardarla. Oración como voz “de un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32), que se traduce en ser solidarios y en compartir el pan de cada día. Oración que permite a cada hombre y mujer de este mundo dirigirse al único Dios, para expresarle lo que tienen en el secreto del corazón. Oración como vía maestra hacia la santidad, que nos lleva a vivir la contemplación en la acción.

En definitiva, un año intenso de oración, en el que los corazones se puedan abrir para recibir la abundancia de la gracia, haciendo del “Padre Nuestro”, la oración que Jesús nos enseñó, el programa de vida de cada uno de sus discípulos”.

Durante este año, se nos invita a crecer en la experiencia de oración como diálogo amoroso con aquel que sabemos nos ama (Sta. Teresa). Podemos aprender de Jesús, a iniciar nuestra jornada diaria con un tiempo personal de oración, tiempo de silencio y meditación, tiempo de paz y escucha, teniendo la Palabra de Dios como referente permanente que ilumina nuestro caminar.

Familia: escuela de oración.

Durante este año, las familias podemos recuperar nuestra vocación de ser escuelas de oración. Debemos sentirnos invitados a orar cada día como esposos, renovar nuestro amor en Dios y descubrir las llamadas que el Señor nos hace, como testigos de la vida, empezando por nuestra propia casa.

Es misión de los padres de familia testimoniar y enseñar a sus hijos la oración. A orar se aprende orando y todo empieza en casa. Regalémonos cada día un tiempo para orar en familia: dar gracias, pedir perdón, ofrecer nuestro trabajo y esfuerzo, presentar nuestras necesidades y escuchar…. escuchar en familia la Palabra de Dios. Durante este año podemos preparar un pequeño altar en nuestras casas para que todos sepamos que es el lugar especial de oración. En la noche podemos acompañar a nuestros hijos con la revisión de la jornada y un momento de oración de gracias. “Familia que reza unida, permanece unida” (P. Peyton).

Los que tenemos hijos jóvenes, estamos invitados a dialogar sobre este tema con ellos, apoyarles para que participen en jornadas espirituales, retiros, rosarios, adoración eucarística, preparación y celebración de los Sacramentos. Que los jóvenes vayan descubriendo la presencia de Dios en sus vidas siempre y sientan la llamada del Señor a vivir sirviendo a los demás.

Parroquia: comunidad orante

Las parroquias y diócesis deben sentirse llamadas a facilitar y acompañar todo tipo de experiencias de oración para los pequeños grupos y comunidades y para todo el Pueblo de Dios. Hoy contamos con muchos recursos que nos pueden ayudar en esta tarea. Animemos a nuestras parroquias a ser comunidades misioneras orantes. Necesitamos usar toda nuestra creatividad para llegar a las personas.

Este año debe ser un tiempo de reflexión para todos los agentes de pastoral sobre nuestra propia experiencia de oración individual y comunitaria. Muchas veces enfrentamos sequedad pastoral porque no tenemos profundidad espiritual. Nos ponemos a “pescar” sin Jesús, sin oración; pensamos que es nuestro trabajo, que depende de nosotros y nos olvidamos que solamente somos cómplices del Espíritu Santo. “Con la oración permitimos que el Espíritu Santo nos ilumine y nos aconseje sobre lo que debemos hacer en ese momento” (Papa Francisco).

Veamos en María, madre de las misiones y mujer de fe y oración, un ejemplo a seguir y un modelo de escucha y disponibilidad a la Palabra de Dios. Con ella oremos cada día.

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