Mons. Bittschi: “Jesús es nuestra luz en la Liturgia de la Palabra y nuestra vida en la Liturgia de la Eucaristía”
Este domingo 5 de enero, domingo 2 después de Navidad, proclamamos el Evangelio según San Juan 1, 1 – 18. Mons. Adolfo Bittschi, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Sucre y director nacional de las Obras Misionales Pontificias compartió su reflexión destacando que el “altar es nuestro Belén”, y este Día del Señor, se nos presenta al Hijo Único del Padre “no solo hecho hombre sino aún más se anonada al hacerse el Pan de Vida Eterna. Su humanidad ocultaba su ser Dios y en la Eucaristía está encubierta su humanidad por el signo del Pan”, Pan, que debemos verlo con ojos de fe y así creer en la presencia de Cristo en la Eucaristía, “la Hostia Viva y Santa”.
A continuación la homilía completa.
LA PALABRA SE HIZO CARNE, Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS
Queridos hermanos en Cristo: Paz a ustedes.
Acabamos de escuchar nuevamente el Prólogo del Evangelio según Juan. Es una de las más grandes obras de la literatura humana. Hasta personas que no son cristianas quedan conmovidas ante este magnífico poema. Hasta algunos declarados ateos se convirtieron al leer este texto. Y no es de sorprenderse de esto porque el texto como todo el Evangelio es inspirado por el Espíritu Santo. El gran biblista San Jerónimo decía: “La fuerza del Prólogo nos arrebata hasta el Cielo y es por este texto que a San Juan le acompaña el símbolo del águila que vuela hacia el sol”. En el libro del Evangelio está presente la Palabra de Dios que se hizo carne. En la Misa pontifical del Obispo se lleva por delante la Cruz y el Evangeliario, ambos son símbolos de la presencia de Jesucristo que realiza su entrada triunfal a Jerusalén.
El Evangelio de San Juan inicia con la vida y la relación dentro de Dios, en la Santísima Trinidad. Este himno confiesa la fe del Evangelista San Juan y de los primeros cristianos en Jesús, Dios de Dios, Luz de Luz, que como Palabra eterna estaba con Dios Padre antes del tiempo y antes de la creación y siempre está con Dios. San Juan al comenzar el Evangelio retoma las primeras palabras de la Sagrada Escritura del relato de la creación en Génesis capítulo 1. Este describe como Dios creó todas las cosas hablando, o sea por su Palabra, es decir, por su Hijo en el Amor del Espíritu Santo. La Palabra de Dios, el Hijo, nos dio vida y luz que alumbra la oscuridad del hombre. Esto vale tanto para la creación al inicio como también para la “Nueva Creación” realizada por su Encarnación, Nacimiento, Muerte y Resurrección. Esto se hace presente en cada celebración de la Eucaristía: Jesús es nuestra LUZ en la liturgia de la Palabra y nuestra VIDA en la liturgia de la Eucaristía.
Luego el Evangelio habla de Juan Bautista que “vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos pudieran creer por medio de él” (v.7). El Bautista es un ejemplo para nosotros por su humildad y su testimonio. Se daba cuenta que era el precursor que tiene que preparar el camino y dar testimonio pero no era él la luz. Al terminar la celebración inicia nuestra misión de discípulos misioneros al ser enviados para anunciar el Evangelio que es alegría.
Sin embargo, había un momento de profunda tristeza cuando dice el Evangelista: “La Luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la comprendieron” (v.5). Y la tristeza sigue: “Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por ella, pero el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (vv.10-12). San Juan lo dice tanto de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento para la cumbre de la revelación en su Hijo hecho hombre. Y lo que le pasó al Niño Jesús en Belén, sigue ocurriendo hoy: ¡no hay lugar para Él! Viene a nosotros en cada persona indigente, en los enfermos que no encuentran ayuda, en su Palabra, en la oración y sobre todo en la Eucaristía. La oscuridad nuestra es la tibieza, el desinterés, la rutina, la flojera, la culpa y el pecado más grande, el aborto de los inocentes. – “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. ¡Qué tristeza!
Sin embargo, la alegría vence al constatar: “Los que recibieron a Jesús, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios”. Nosotros, y todos los pecadores que entregaron sus pecados y culpas, lo hemos recibido con ardiente deseo y alegría y nos ha hecho verdaderos hijos de Dios. Aunque no siempre nos hemos preocupado de vivir nuestro Bautismo, nos cansamos, nos desmayamos, nos ocupamos de muchas cosas…
Con júbilo llegamos a la cumbre de la revelación: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos visto su gloria, la que del Padre como Hijo Único, lleno de gracia y verdad” (v.14). El altar es nuestro Belén. Aquí se nos presenta el Hijo Único del Padre no solo hecho hombre sino aún más se anonada al hacerse el Pan de Vida Eterna. Su humanidad ocultaba su ser Dios y en la Eucaristía está encubierta su humanidad por el signo del pan. Pan partido que da vida al mundo. “Nadie ha visto jamás a Dios” (v.18). Sin embargo, no con los ojos del cuerpo sino de la fe que podemos ver y creer en la presencia de Cristo en la Eucaristía, la Hostia Viva y Santa.
Este segundo Domingo después de la Navidad hace de puente entre el Nacimiento del Niño Dios y la fiesta de la Epifanía, la Manifestación de Dios delante de los representantes de las diferentes razas y naciones como también de todas las edades en las personas de los sabios del oriente que por eso llamamos los Reyes. Los suyos no lo recibieron, pero los demás pueblos y naciones sí lo recibieron y vinieron a Belén para adorarlo.
Pidamos al Espíritu Santo el don de amor y de fe para poder ver al Hijo de Dios hecho hombre en la Eucaristía y meditar los misterios de nuestra fe en el SANTO ROSARIO. El Papa Francisco nos pide orar en este mes de enero por el DERECHO A LA EDUCACIÓN: Que los migrantes, refugiados y afectados por las guerras vean respetado su derecho a la educación, necesaria para construir un mundo mejor; por la Iglesia, por la paz en Bolivia , paz en Tierra Santa, en Siria, en Ucrania y en todo el mundo, paz en las familias y en nuestros corazones, por la conversión de los pecadores, por el fin del aborto, por los enfermos corporales y espirituales y por los difuntos.
Damos gracias al Señor por las lluvias recibidas y pidamos lluvia para donde hace falta.
El Evangelio es alegría. ¡Anúncialo! Y la Bendición de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sus familias.

