Noticias MisionerasComentario Bíblico Misionero

Comentario Bíblico Misionero para este domingo 24 durante el Año Litúrgico

Como cada semana la Pontificia Unión Misional (PUM), una de las cuatro Obras Misionales Pontificias comparte con todos los fieles el “Comentario Bíblico Misionero”, en esta oportunidad referente al domingo 24 durante el Año Litúrgico (ciclo B), ocasión en la que el Padre Padre Dinh Anh Nhue Nguyen, OFM Conv, Secretario General de la PUM convoca a que inspirados en el Evangelio, “todos somos invitados a tomar en serio las apremiantes palabras de Jesús para nuestra continua conversión misionera”.

El sacerdote invitó a rezar junto a san Pablo, “para que seamos siempre renovados en el espíritu, para que no nos conformemos nunca a la mentalidad del mundo y para que discernamos siempre, en nuestro caminar con Jesús, lo que es bueno y agradable a Dios (cf. Rm 12, 1-2)”.

A continuación compartimos la homilía completa, también con algunas sugerencias del mensaje del Papa Francisco  en el Ángelus del domingo 16 de septiembre de 2018.

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (AÑO B)

Is 50,5-9a; Sal 114; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35

COMENTARIO

De la profesión de fe a la conversión misionera

El Evangelio de este domingo representa un punto de inflexión en la misión de Jesús. Es un episodio compuesto por dos acontecimientos interconectados: la profesión de fe de Pedro acerca de la identidad mesiánica de Jesús y la revelación por parte de éste de su verdadera misión, sobre la que luego pide a Pedro y a sus compañeros que reflexionen. Entre todos los detalles interesantes y edificantes del pasaje, hay tres que son particularmente importantes para el camino de los discípulos misioneros de Cristo de todos los tiempos.

1. «Tú eres el Cristo». La profesión de fe fundamental para el discípulo

La profesión de fe de Pedro le parece a muchos demasiado escueta, demasiado poca cosa comparada con lo que estamos acostumbrados a profesar recitando el Credo en cada Misa. Sin embargo, se trata de una profesión fundamental que Pedro hizo en nombre de los Doce y de todos los discípulos de Jesús. En efecto, «Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”», y «tomando la palabra, Pedro le dijo: “Tú eres el Mesías”». Surge así claramente el carácter representativo de la respuesta de Pedro. Encontramos entonces la proclamación de la identidad mesiánica de Jesús: Él es el Cristo, es decir, el Mesías, el Rey Ungido de Dios que viene a salvar a su pueblo, tal como fue anunciado por los profetas y soñado en Israel, de generación en generación. Con esta concisa frase «Tú eres el Mesías», Pedro y los Doce profesaron la identidad única, irrepetible y divina de Jesús, que no es como la gente solía decir. Y el sentido de esta confesión será aclarado por el evangelista san Lucas, quien, relatando el mismo episodio, pone en labios de Pedro una frase más larga («El Mesías de Dios»). El evangelista san Mateo la completa con la profesión aún más elocuente de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

A este respecto, conviene recordar que Jesús pidió y obtuvo de los discípulos una profesión de fe sobre su identidad, mientras iba con ellos en el camino «a las aldeas de Cesarea de Filipo». Este contexto geográfico no parece casual. Sabemos que Cesarea de Filipo era la ciudad griega, capital de la región al norte de Israel, con sus diversos santuarios dedicados a los dioses grecorromanos, en particular a Pan, el dios de la naturaleza. Al llevar a los discípulos a un lugar donde se vivía una situación multirreligiosa y multicultural, Jesús les invitó a creer y profesar su identidad como Mesías, el único Ungido del único Dios. No hay otros dioses fuera del único Dios de Israel, creador de todas las cosas, y no hay otros mesías salvadores fuera del único Mesías, Jesús de Nazaret. Esta es la profesión de fe fundamental que Jesús pide a cada uno de sus discípulos en todo momento, sobre todo en esta época de relativismo religioso, en la pareciera que lo mismo vale uno que otro. ¿Estamos dispuestos a responder a Jesús como Pedro?

2. La verdadera misión mesiánica de Jesús y la severa invitación a la conversión

La reacción de Jesús tras la profesión de Pedro es sorprendente: «les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto». ¡Severamente! ¿Por qué? ¿Por qué esta prohibición absoluta a los discípulos de anunciar a todo el mundo la verdadera identidad de Jesús que Pedro acababa de profesar? La explicación está en lo que sucedió inmediatamente después.

En efecto, tras la profesión de Pedro, Jesús quiso aclarar, por primera vez en su actividad pública, su verdadera misión, que cumpliría como verdadero y único Mesías de Dios: «Y comenzó a instruirles: “Es necesario que el Hijo del hombre padezca mucho, sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, sea ejecutado y resucite a los tres días”». La misión del Mesías de Dios consistirá en cumplir fielmente todo el plan divino de salvación de la humanidad, afrontando incluso el misterio del rechazo, el sufrimiento y la muerte para resucitar. Como podemos ver por la reacción de los discípulos ante la revelación de Jesús, no comprendieron ni aceptaron esta terrible visión del futuro del mesías. También en este caso, Pedro actuó en nombre de todos los demás: «Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo». Esta es la razón por la que Jesús justo antes «les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto».

A pesar de profesar la verdad sobre la identidad mesiánica de Jesús, Pedro y sus compañeros seguían manteniendo la visión tradicional y convencional de lo que haría el Mesías de Dios. Pensaban, al igual que el resto del pueblo, en un Mesías glorioso, el que venía de Dios para conducir al pueblo de un éxito a otro hasta la gloria final, estableciendo el gobierno último de Dios en el mundo. Se trata de una visión noble, pero demasiado superficial, que no hace sino reflejar la idea limitada que el hombre tiene de lo que Dios «debería» hacer. Por tanto, esta visión del Mesías debe ser purificada, debe ser corregida a la luz de la propia vida de Jesús, antes de ser anunciada a todos. Por eso, en aquel momento, los discípulos tenían «prohibido» decir que Él era el Mesías. Sólo cuando hayan seguido todo su camino y contemplado toda la vida del Mesías, podrán anunciar la verdad divina sobre la verdadera identidad mesiánica de Jesús. De este modo, lo sucedido quedará para siempre como una lección fundamental para todo discípulo de todos los tiempos: para anunciar «correctamente» a Cristo al mundo, hay que partir y basarse en la contemplación de todo el misterio de la vida mesiánica que Él recorrió.

3. «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» Una llamada fundamental de Cristo a la conversión misionera

Ante la incomprensión de Pedro y su intento de «disuadir» a Jesús en su camino mesiánico trazado por el plan divino, Jesús reaccionó de forma muy «violenta», reprendiendo severamente a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» El hecho de que Jesús llamara a Pedro «Satanás» muestra toda su severidad y toda la gravedad de la situación. No encontramos otra ocasión en los Evangelios en la que Jesús se dirija a alguien con este feo nombre, salvo cuando se dirigió al propio Satanás en el monte de la tentación, ordenándole: «Vete, Satanás» (Mt 4,10).

Por eso Pedro fue reprendido por un Jesús muy enfadado, porque lo que Pedro hizo en ese momento fue una gran tentación diabólica para desviar a Jesús del fiel cumplimiento de la verdadera misión divina. Sin embargo, son necesarias dos aclaraciones.

En primer lugar, Pedro no se comportó así con su Maestro por mala fe o para ponerle a prueba, al contrario, actuó de buena fe, la misma fe que había profesado y por inmenso amor a su Maestro y Mesías. El único fallo de Pedro fue que permaneció cerrado en su visión humana acerca de la figura de Cristo, sin abrirse a la novedad del camino mesiánico que Jesús acababa de revelar.

Así, paradójicamente, de buena fe, Pedro, el discípulo que cree y ama a Jesús, se ha convertido para Jesús en «Satanás» en el sentido original del término, es decir, el que obstruye y desvía el camino del hombre con Dios. Todo esto sucede porque Pedro sigue pensando según la mentalidad mundana común, tal como Jesús el Cristo denunció en aquel momento: «¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Esta advertencia será siempre válida para que todos los discípulos de Cristo estén constantemente vigilantes sobre sí mismos en su caminar con Jesús.

En segundo lugar, hay que destacar un pequeño pero importante detalle en las palabras de Jesús a Pedro. Mientras que a Satanás Jesús le ordenó «¡Vete!», a Pedro le dijo «¡Ponte detrás de mí!». Jesús no echó a Pedro, como hizo con Satanás. Invitó a Pedro a ir detrás de él, es decir, a tomar la posición del discípulo que sigue al Maestro, tal como le había llamado al principio a orillas del lago de Galilea (cf. Mc 1,16ss). Así, la severa reprimenda de Jesús es también una apremiante invitación a Pedro a seguir de nuevo a su Maestro, y ello, no con la vieja mentalidad humana, sino con la nueva según Dios. Es, en realidad, una llamada a la conversión, es decir, a un cambio de modo de pensar para seguir cada vez más mansa, cuidadosa y fielmente la misión de Jesús Mesías y Maestro. Tanto es así que Jesús, más adelante, lanza la invitación para quienes quieran seguirle a acoger y vivir, siguiendo su ejemplo, la paradoja de la abnegación misionera: «el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Por último, cabe señalar otro detalle de no poca importancia en el relato evangélico. Cuando Jesús reprendió a Pedro, no le miró, sino que, tal como está escrito: «él se volvió y, mirando a los discípulos». ¿Por qué? Probablemente porque Jesús vio el mismo pensamiento humano de Pedro en todos sus discípulos, aunque fuera sólo Pedro quien lo expresara. Por eso, en la intención de Jesús, la reprimenda y al mismo tiempo la invitación a la conversión misionera a Pedro se dirige también a todos sus seguidores. De este modo, también nosotros, sus discípulos de hoy, somos invitados a tomar en serio las apremiantes palabras de Jesús para nuestra continua conversión misionera. Recemos, pues, con san Pablo, para que seamos siempre renovados en el espíritu, para que no nos conformemos nunca a la mentalidad del mundo y para que discernamos siempre, en nuestro caminar con Jesús, lo que es bueno y agradable a Dios (cf. Rm 12, 1-2). Que así sea. Amén.

Sugerencias útiles:

Papa Francisco, Angelus, Plaza de San Pedro, Domingo, 16 de septiembre de 2018

En el pasaje evangélico de hoy (cf. Marcos 8, 27-35) vuelve la pregunta que atraviesa todo el Evangelio de Marcos: ¿Quién es Jesús? Pero esta vez es Jesús mismo quien la hace a los discípulos, ayudándolos gradualmente a afrontar el interrogativo sobre su identidad.

[…] El Señor quiere que sus discípulos de ayer y de hoy establezcan con Él una relación personal, y así lo acojan en el centro de sus vidas. Por este motivo los exhorta a ponerse con toda la verdad ante sí mismos y les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 29). Jesús, hoy, nos vuelve a dirigir esta pregunta tan directa y confidencial a cada uno de nosotros: «¿Tú quién dices que soy? ¿Vosotros quién decís que soy? ¿Quién soy yo para ti?». Cada uno de nosotros está llamado a responder, en su corazón, dejándose iluminar por la luz que el Padre nos da para conocer a su Hijo Jesús. Y puede sucedernos a nosotros lo mismo que le sucedió a Pedro, y afirmar con entusiasmo: «Tú eres el Cristo».

Cuando Jesús les dice claramente aquello que dice a los discípulos, es decir, que su misión se cumple no en el amplio camino del triunfo, sino en el arduo sendero del Siervo sufriente, humillado, rechazado y crucificado, entonces puede sucedernos también a nosotros como a Pedro, y protestar y rebelarnos porque eso contrasta con nuestras expectativas, con las expectativas mundanas. En esos momentos, también nosotros nos merecemos el reproche de Jesús: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (v. 33). […]

Jesús nos dice que, para seguirle, para ser sus discípulos, se necesita negarse a uno mismo (cf. v. 34), es decir, los pretextos del propio orgullo egoísta y cargar con la cruz. Después da a todos una regla fundamental. ¿Y cuál es esta regla? «Quien quiera salvar su vida, la perderá». A menudo, en la vida, por muchos motivos, nos equivocamos de camino, buscando la felicidad solo en las cosas o en las personas a las que tratamos como cosas. Pero la felicidad la encontramos solamente cuando el amor, el verdadero, nos encuentra, nos sorprende, nos cambia. ¡El amor cambia todo! Y el amor puede cambiarnos también a nosotros, a cada uno de nosotros.

Papa Francisco, Viaje apostólico a Budapest y a Eslovaquia (12-15 de septiembre de 2021), Homilía, Plaza de los Héroes, Budapest, Domingo, 12 de septiembre de 2021

[…] También hoy el Señor, fijando su mirada sobre cada uno de nosotros, nos interpela personalmente: “Pero yo, ¿quién soy de verdad para ti?”. […]

De esta respuesta nace la renovación del discipulado. Es algo que tuvo lugar a través de tres pasos, que realizaron los discípulos y que podemos realizar también nosotros: el primeroel anuncio de Jesús, el segundo el discernimiento con Jesús y eltercero el camino en pos de Jesús.

1. El anuncio de Jesús. A la pregunta: “Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, respondió Pedro como representante de todo el grupo: «¡Tú eres el Mesías!». Pedro dice todo en pocas palabras, la respuesta es exacta pero, sorprendentemente, después de este reconocimiento Jesús ordena «que no dijeran nada a nadie de Él» (v. 30). Nos preguntamos:¿Por qué una prohibición tan categórica? Por una razón precisa, decir que Jesús es el Cristo, el Mesías, es exacto pero incompleto. Existe siempre el riesgo de anunciar un falso mesianismo, un mesianismo según los hombres y no según Dios. Por eso, a partir de aquel momento, Jesús comienza a revelar su identidad, su identidad pascual, la que encontramos en la Eucaristía. Explica que su misión se culminaría, ciertamente, en la gloria de la resurrección, pero pasando a través de la humillación de la cruz. Es decir, se realizaría según la sabiduría de Dios, «que —dice san Pablo— no es la de este mundo ni la de los dirigentes de este mundo» (1 Co 2,6). […]

Podemos añadir mucha ceremonia, pero el Señor permanece allí, en la sencillez de un Pan que se deja partir, distribuir y comer. Está ahí para salvarnos.Para salvarnos, se hace siervo; para darnos vida, muere. Nos hace bien dejarnos desconcertar por el anuncio de Jesús. Y quien se abre a este anuncio de Jesús, se abre al segundo pasaje.

2. El discernimiento con Jesús. Frente al anuncio del Señor, la reacción de Pedro es típicamente humana. Cuando se perfila la cruz, la perspectiva del dolor, el hombre se rebela. Y Pedro, después de haber confesado el mesianismo de Jesús, se escandaliza de las palabras del Maestro e intenta disuadirlo de que continúe por su camino. La cruz no está nunca de moda. […] Por un lado, está la lógica de Dios, que es la del amor humilde. El camino de Dios rehúye cualquier imposición, ostentación y de todo triunfalismo, está siempre dirigido al bien del otro, hasta el sacrificio de sí mismo. Por otro lado, está el “pensar como piensan los hombres”, que es la lógica del mundo, de la mundanidad, apegada al honor y a los privilegios, encaminada al prestigio y al éxito. […] Dejemos que Jesús, Pan vivo, sane nuestras cerrazones y nos abra al compartir, nos cure de nuestras rigideces y del encerrarnos en nosotros mismos, nos libere de las esclavitudes paralizantes de defender nuestra imagen, nos inspire a seguirlo adonde Él quiera conducirnos.No donde yo deseo. De este modo llegamos al tercer paso.

3. El camino en pos de Jesús es también el camino con Jesús. «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 33). De ese modo Jesús atrae de nuevo a Pedro hacia Él, con una orden dolorosa, dura. Pero el Señor, cuando manda algo, en realidad está ahí, preparado para concederlo. Y Pedro acoge la gracia de dar “un paso atrás”recuérdate que el camino cristiano inicia con un paso atrás. El camino cristiano no es una búsqueda del éxito, sino que comienza con un paso hacia atrás, con un descentramiento liberador, con el quitarse uno del centro de la vida. Es entonces cuando Pedro reconoce que el centro no es su Jesús, sino el verdadero Jesús. Caerá de nuevo, pero de perdón en perdón reconocerá cada vez mejor el rostro de Jesús. Y pasará de la admiración estéril por Cristo a la imitación concreta de Cristo. […]

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *