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La Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia

27 de diciembre de 2020, Domingo después de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia y proclama el Santo Evangelio según San Lucas 2, 22 – 40. Gloria a ti, Señor. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.


Jesús ha querido nacer en el seno de una familia humana, si bien por obra del Espíritu Santo y de una madre Virgen. La familia es el mejor reflejo de nuestro Dios que no es solitario sino Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas tan unidas para ser un solo Dios, la Santísima Trinidad.


Toda familia está constituida por un conjunto de relaciones. Está, ante todo, la relación entre marido y mujer; después, entre los padres y los hijos. Hoy tendemos a cerrar aquí el cerco familiar. Pero, no es justo: hay otra relación más amplia: la de entre los abuelos y los nietos, o entre los ancianos y los jóvenes, que es hasta parte integrante de toda familia humana normal.


Este año las lecturas nos ofrecen la ocasión de reflexionar sobre este último componente de la familia: los ancianos abuelos. Cada una de las tres lecturas nos presenta una pareja de ancianos: la 1ra y la 2da lectura, a Abraham y Sara; y el Evangelio a Simeón y Ana.


Los ancianos viven una nueva situación en el mundo de hoy; son los más afectados por los cambios sociales de la era post-moderna. Dos factores han contribuido a cambiar radicalmente el papel de los ancianos. Uno: La moderna organización del trabajo favorece el conocimiento de las últimas técnicas, más que la experiencia, y por lo tanto favorece a los jóvenes
El otro factor es la familia pequeña formada sólo por el marido, la mujer y los hijos. Los abuelos sólo de tiempo en tiempo ven a los hijos y a los nietos. Esto ha creado los problemas que ya conocemos: soledad, marginación, enorme empobrecimiento de la vida de familia, especialmente para los niños, para los cuales los abuelos son figuras importantes y equilibradoras.


No ha sido siempre así. En la Biblia y, en general, en las sociedades antiguas, los ancianos, más que ser marginados y constituir una “edad inútil”, que en algunos países se les quiere desechar por la eutanasia, eran pilares en torno a los que giraba la familia y la sociedad. El papa Francisco hace mención de esto frecuentemente.
La Escritura traza también las líneas para una espiritualidad del anciano, esto es, un perfil de las virtudes, que más deben resplandecer en su conducta:
“Di a los ancianos que sean sobrios, serios y que piensen bien; que estén robustos en la fe, en el amor y en la paciencia. A las ancianas, lo mismo: que sean decentes en el porte, que no sean chismosas ni se envicien con el vino, sino maestras en lo bueno, de modo que inspiren buenas ideas a las jóvenes, enseñándoles a amar a los maridos y a sus hijos” (Tito 2, 2-4).


Estas recomendaciones contienen unos rasgos fundamentales que hacen a un buen anciano. En el anciano, hombre o mujer, ante todo debe sobresalir una cierta calma, dignidad, que hace de él un elemento de equilibrio en la familia. Uno que sabe relativizar las cosas en los litigios, rebajar los tonos, inducir a la reflexión y a la paciencia. Una de las situaciones más penosas, que viven hoy los ancianos, es asistir impotentes al deshacerse el matrimonio de sus hijos, con todo lo que esto comporta para los nietos y para todos. También en esta circunstancia, el anciano debe ser alguien que invita a la reconciliación, puntualiza no tomar decisiones precipitadas, uno que “pone paz”.
Las indicaciones más concretas para una espiritualidad del anciano nos vienen precisamente de las figuras de los ancianos, de quienes hemos escuchado en las lecturas de esta fiesta. Abrahán y Sara nos dicen que la verdadera fuerza, que debe sostener a un anciano, es la fe:
“Por fe, obedeció Abrahán a la llamada… Por fe, también Sara, cuando ya le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje… Por fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac…”
Abrahán tenía un hijo único, Isaac, obtenido en edad avanzada, como un don explícito de Dios. Lo era todo para él. Y he aquí que un día Dios le pide llevárselo al monte y sacrificarlo. Uno se puede imaginar la pena del viejo padre. Esto me hace pensar en aquellos ancianos padres, que han tenido que acompañar a la tumba a un hijo suyo, quizás el único que tenían, y no consiguen poseer la paz.
Sabemos que Abrahán volvió a recibir al hijo vivo; Dios quería sólo poner a prueba su obediencia. Yo quisiera decirles a los ancianos, que han perdido a sus hijos: también vosotros los recibiréis vivos. Y no durante algúnos años, en este mundo, sino para siempre. Tengan fe, porque es precisamente por la fe por lo que desde ahora pueden sentirlos como vivos y cercanos en Dios. No recurran a otros medios extraños, ocultos y falaces, para meterse en contacto con los difuntos. Ustedes se harían mal a ustedes mismos, sin hacerles bien a ellos, porque esto es abominable para el Señor (Deuteronomio 18,11). Lo que sí vale es la oración.
De Simeón y de Ana, la pareja de ancianos del Evangelio, aprendemos la otra virtud fundamental de los ancianos: la esperanza. Simeón había esperado toda la vida poder ver al Mesías. Estaba ya cercano su fin, parecía todo acabado; ha continuado esperando; y un día ha tenido la alegría de estrechar entre sus brazos al Niño Jesús. Quizá, también algún anciano de entre ustedes tiene algún deseo que lo ata a la vida, por ejemplo, ver situados o colocados a todos los hijos. Para muchas madres, este deseo es ver a un hijo o una hija suya reconciliados con Dios, vueltos a la Iglesia. Continuan como Simeón esperando y rezando. La esperanza es el verdadero elixir de la eterna juventud. Se dice: “mientras hay vida hay esperanza”; pero, todavía más verdadero es lo contrario: “mientras hay esperanza hay vida”.
Hay que guardar los acontecimientos de la historia de Salvación en el corazón y meditándolos con fe en el SANTO ROSARIO. Pidamos hoy al Espíritu Santo por las familias que sean “Iglesia doméstica”, es decir Iglesia en casa, que sepan perdonarse en esta Navidad para que el Niño Dios se quede en su corazón.


El Santo Padre nos pide orar en este mes para que nuestra relación personal con Jesucristo se alimente de la Palabra de Dios y de una vida de oración. Pidamos también por nuestra patria BOLIVIA lluvias suaves y abundantes donde aún no llovió. Les deseo de todo corazón una feliz Navidad con las mejores bendiciones de Dios. El Evangelio es alegría. ¡Anúncialo! Y la Bendición de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sus familias y les acompañe hoy y siempre.

Mons. Adolfo Bittschi

Obispo Auxiliar de Sucre

Obispo resp. de Misiones CEB

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